Sujeto 1 se dirige a una ventanilla a para pedir un servicio X.
Sujeto 1: Hola, buenos dÃas.
Silencio.
S1: VenÃa a pedir un servicio X.
MalandrÃn 1: Pffff, pues no sé si quedan panfletos W.
S1: ¿Perdone? .
M1: Oye, MalandrÃn 2, ¿quedan panfletos W?.
M2: Ni idea, esos para que sirven.
M1: Para el servicio X.
M2: ¿Eso no es en la ventanilla 2?.
M1: (a S1), creo que eso es en la ventanilla 2.
S1: ¿Está seguro?.
Silencio.
S1: Silencio.
M1: ¿Qué querÃa?.
S1: ¿Has visto Saw?.
Silencio.
S1: ¿Has visto Saw II?.
Silencio.
S1: ¿Has visto la pelÃcula sin cortes?.
Silencio.
M2: (a M1) ¿Qué quiere ese?.
M1: ¿Quién?.
Silencio.
M1: Me voy a tomar café, ¿vienes?.
M2: Vale.
Imaginó que podÃa ver las cosas, que quieto allà entre las palomas y los niños podÃa distinguir los colores, las sonrisas, determinar si el cielo era el más azul que habÃa.
Imaginó que podÃa escuchar sonidos, que las risas y las regañinas de los novios se mezclaban con la brisa entre los árboles. Que la música de aquel chaval que arañaba una guitarra era bella. Que le llegaban los susurros de los amantes al terminar la tarde.
Imaginó que podÃa oler, el aroma de la chica que se mantenÃa sola y con la mirada perdida en el banco que habÃa enfrente de él. La mezcla de su pelo con el viento que se levantaba como queriendo acercar desesperadamente su olor antes de que se perdiera por el camino.
Y pensó en hablarla,en decirla que pensaba que era lo más bello, que compartir su risa serÃa para él todo, que levantarse cada mañana con ella al lado podrÃa ser una fiesta diaria. O simplemente en quedarse callado a su lado, pero con un silencio que fuera el grito contenido de la alegrÃa de saberla pendiente de sus palabras.
Y saboreó sus besos, aquellos que le darÃa al reencontrarse, cada noche al volver a casa, si pudiera hacer algo más que estar allÃ, con la mirada desafiante, quieto, inmóvil.
Pero nada cambió y tuvo que volver a ser inerte, y pensó que era una pena que nadie se fijara en ella, y que hubiera tanta gente frente a él que actuaran como estatuas.
Un grupo de amigos que habÃan quedado en una plaza de una ciudad cualquiera. Ni la plaza ni el tiempo ni la ciudad ni el idioma en que se hablan tiene importancia para la historia.
 Una persona de la misma edad que el resto llega al grupo de amigos, que están hablando entre ellos
  - Perdonad por llegar tarde — dice el desconocido al grupo — y perdonad por interrumpir — dice al ver las caras extrañadas de los otros cinco.
 - hola, te podemos ayudar en algo? — dice H, el más alto del grupo y el que siempre responde en cualquier caso. H siempre habla cuando no debe. Eso dice I, su novia. I siempre se mete con H, aunque le quiera con locura.
- Hola, H., no me toques los cojones que llego estresao del trabajo, que todo el dÃa hemos estado con movidas y no he parado. Dónde vamos a ir? os apetece ir al cine?
 - Perdona — (insiste H.) – ¿cómo sabes mi nombre? ¿quién eres?
- H, tio, que no me toques los cojones, hombre, que ya te digo que vengo estresao. Llevo un mes y medio sin parar por casa, y el viajecito ha sido de muerte, con un tÃo con un tatuaje en el brazo, hecho a mano, que ponÃa “Ciapeau”.
 - Oye, yo a tà no te conozco, tio. No me toques a mà los cojones.
Entonces es cuando la persona que se ha presentado a aquel grupo, que como sabemos o no sabemos está en una ciudad cualquiera a cualquier hora en cualquier plaza… mira a aquellas cinco personas y ve en su expresión que ellos no saben quién es el recién llegado que les habla tan familiarmente, y que se está metiendo con H. Aunque el que H se meta en problemas con un desconocido es algo que no les sorprende porque tiene ese raro don, y su novia, I, le quiera mucho a pesar de estos defectos que ella ve compensados por cosas que el resto también conoce.
 - A ver, H. Me estás diciendo que no me conoces?
- Creo que ninguno te conocemos ni sabemos quién eres, dice J, otro de los del grupo.
A esto la persona que se ha presentado al grupo, que como parece ser por cómo se están escribiendo estas palabras, es el protagonista de la historia, aunque no lo sabemos aún (llamémosle X), pone cara de extrañado y dice:
- Venga, joer, no os paséis.
 Y sacando su carnet de identidad, y tapando con un dedo su fecha de nacimiento (que aunque esté por el revés, X tiene mucha aprensión sobre que la gente sepa su edad), dice:
- Es que no reconocéis a X??? (dice con una sonrisa amistosa en la boca y citando su verdadero nombre, que posiblemente nunca sabremos, porque al autor de esta historia completamente ficticia le resulta bastante supérfluo citarlo o considera que es tarde y deberÃa estar durmiendo, y hasta puede que no citarlo le resulte un bello giro literario o quién sabe, quizá el autor esté demasiado sordo y presenciase la historia y ahora se averguenza de no haber oido el nombre en el momento debido)

 - de dónde has sacado esa cartera, cabrón (dice K, señalando a la cartera de bolsillo de donde X ha sacado el carnet)
 - K, te estás pasando.
- Mira, no sé quien eres (dice K), pero tu no eres el de la foto, ni esa cartera es tuya, y vas a tener que dar muchas explicaciones.
 Es entonces cuando X se mira a un espejo de un comercio que hay en aquella plaza cualquiera de una ciudad que tiene nombre pero no sabemos, y dice entre dientes, mirándo la foto del carnet:
 - mierda de vida (a veces)
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(nota del autor: porque hay veces que la vida, en ese camino que dice Oskar, te lleva y te trae y tu crees que eres quien sigue un camino. Y crees que, como X, vas hacia algún lugar más o menos previsto, pero que piensas con fé que alcanzarás…
Y un dÃa descubres en el espejo que ni te pareces a la foto de tu dni de hace unos meses, y te vuelves a mirar en el espejo, entre el vapor que llena el cuarto de baño cuando X, que puedes ser tu mismo, al ducharse, provoca en el ambiente.
Y te preguntas que si ha merecido la pena. Y a veces dices que sÃ. Y a veces… que no.
Y guardas tu dni en tu cartera, y luego la cartera en el bolsillo.
Y te sigues afeitando.
Y un dÃa más acaba de comenzar.)
Â
Un abrazo, Oskar. Como bien sabes los planesianos y especialmente las musas, (y muy especialmente mi musa) espera la vuelta de los jueves amarillos.
Hace unos dÃas, una de esas bromas que solemos gastarnos el amigo Periko y yo desembocó en la mención de una antigua historia, la de Damocles. Después de mencionarlo en la conversación, he de reconocer que me di cuenta de que realmente no tenÃa mucha idea de lo que realmente habÃa hecho esta persona que tanto mencionamos en los momento de tensión.
El caso es que la historia de este hombre, más bien dirÃa la leyenda, habla de que era un cortesano de la antigua Siracusa (Sicilia) bastante pelota con el tirano de la misma. El tirano Dionisos, harto de aguantar a Damocles diciendo constantemente lo dichoso que era por tener tanto poder y tanta gloria le invitó a pasar un dÃa en su palacio disfrutando de todos sus privilegios.
En la cena que llevaron a cabo, Damocles recibió el trato de un rey, los mejores manjares y vinos, todos le adulaban, aquello le parecÃa maravilloso. Pero alzó un momento la vista y vio como sobre su cabeza habÃa una espada colgada por tan solo un pelo de la crin de un caballo. Dionisos explico al horrorizado Damocles que asà era su vida, que todos los dÃas pendÃa sobre él la amenaza de la gente que querÃa derrocarlo, de la gente que querÃa que se equivocara, que su poder tenÃa unida la tragedia de cualquier paso en falso.
Y Damocles dijo que preferÃa ser un cortesano.
Yo prefiero quedarme en la mesa, aunque algún dÃa caiga sobre mà la espada.
Él cerró los ojos, y sintió como el aire frÃo entraba y salÃa de su cuerpo en cada suspiro, y sus manos parecÃan más torpes por momentos. Escuchó las olas, ajenas a cada momento, a cada escalofrÃo, a cada recuerdo cortante. En la boca un sabor metálico pero no del todo desagradable, el sabor de un lugar desconocido. Sintió su cuello relajarse por momentos, y como una corriente de agua caliente sus brazos se derramaron y sus pies se deslizaron por la arena. Cayó allà tendido, y pudo distinguir a lo lejos a las gaviotas, buscando qué comer en el acantilado. Se dio la vuelta y sintió en su cara los granos de playa abrazados a su cuerpo, y dejó por un momento de sentir que era alguien, para pasar a ser un recipiente de sensaciones perdidas por otros.
Después de todo, pensó, no somos más que una caja de Pandora en la que las sensaciones pugnan por salir para no tener pensamientos de melancolÃa. El mar comenzó a lamerle las puntas de los pies, pero no quiso moverse de allÃ. Quiso quedarse por siempre unido a ese sentimiento pleno de existencia de la vida por encima de los sentidos.
Dicen que se quedó allà por siempre, que está en el lÃmite de tiempo que hay entre un segundo y otro. Dicen que cuando vas a la playa y tomas una caracola sus suspiros se confunden con las olas del mar. Dicen que siempre está, y que si te quedas allà quieto, podrás compartir con él un minuto, un segundo, un momento de tu vida pendiendo de un hilo.
Cada mañana seguÃa el mismo camino al trabajo, pasaba por plaza Galicia y se adentraba en el casco antiguo hasta la plaza del Obradoiro, desde allà todo recto hasta llegar al campus donde ordenaba papeles, notas, gotas resbalando por la ventana de color gris cielo. Pasaba por allà como quien sueña con un viaje, sin pensar en lo que hacÃa, con la nube continua de su sonrisa perdida en las calles.
Y en las calles retumbaban los gritos de los locos,
vacÃos de sol, de palabras, de caricias verdaderas,
y en esas calles en las que terminaban las ilusiones de otros,
se perdÃan sus razones dÃa tras dÃa.
Rutina, aguardiente, mujeres extranjeras, bocados de surrealismo, cómo ser indÃgena allá donde sólo llegan peregrinos, cómo no perderse allà donde todo es un encuentro, cómo pensar que puede existir un camino más allá del destino encontrado tras dÃas largos de largos pasos.
Una mañana desistió, y se quedó tumbado en la mañana, a los pies de la catedral, llenándose de frÃo, con la cartera llena de papeles inútiles, los zapatos limpios y la camisa recién planchada, y la plaza le lloró encima todas las penas que habÃa dejado, dÃa tras dÃa, solas entre las ilusiones y alegrÃas de los peregrinos. Empapado levantó la cabeza y pudo ver como unos niños se divertÃan sobre el agua de sus penas, chapoteaban sobre unos charcos que no eran suyos, sobre unos charcos ajenos.