Lamentable reconocer que esta frase no es mÃa, tampoco sé de quien es, la recuerdo pintada en una pared de Salamanca cerca de la zona de tapas del Van Dick, y recuerdo el escalofrÃo que me recorrió mientras entraba en el bar a pedir una caña y un montadito de panceta (“¡¡Qué no es panceta!!, ¡¡S’BEICON!!”, tiernos años universitarios). Ya habÃa leÃdo por aquellos tiempos el tristemente famoso libro 1984, y ya habÃa nacido el fenómeno Gran Hermano que tanto escarnio y verguenza ha causado a esta nuestra humanidad.
Pero me propuse releerlo y comencé a sentir escalofrÃo tras escalofrÃo al darme cuenta de que las cosas que George Orwell adelantó no eran tan descabelladas, miradas furtivas a mi móvil y el ordenador inundaban la habitación entre página y página de… terror. Sà terror, siempre fui un paranoico, pero me di cuenta de que estaba controlado, muy controlado, que internet me daba una libertad a cambio de mi localización, gustos, hábitos (en aquellos entonces un adolescente no está especialmente orgulloso de los mismos, bueno, ahora puede que tampoco).
Terminada mi relectura, devoré de nuevo Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, y entonces sà que lo pasé mal, llegué a sentir la nausea de Sartre, madre que sensación. Esa tarde fui al cine, “Los otros” de Amenabar, y siento decir que no logré entrar en la trama, estaba demasiado preocupado al saber que Orwell lo sabÃa, nos lo habÃa advertido, y nadie habÃa hecho nada para evitarlo. Mi yo paranoico vive acurrucado cada vez que suena un móvil y el número está oculto, ¿será él desde la ultratumba?.