Madrid – El Preso de la Isla Planesia

…en el archipielago de la emetreinta

Qué me está contando usted

El viernes pasado, fui a ver al otorrino. La gente me pedía por favor que fuera porque decían que estoy sordo. Me decían: vete al otorrino, Pietro. Y yo les decía: ¿que?

Así que el viernes pasado, aproximadamente a las 8,46 de la mañana (porque ya se sabe que las horas de consulta son aproximadas, no exactas), me hicieron una audiometría. Es decir, exactamente a las 11.17 de la mañana me metieron en una cabina aislada, con unos auriculares en las orejas, mientras una asistente del médico apretaba botones y yo oía ruiditos en los oidos.

En mi mano tenía un botón en forma de pera, como los de lámpara antígua, o como los de los bombarderos japoneses de la segunda guerra mundial que yo debía pulsar cada vez que comenzase a oir tal pitidito.

Recopilando: las 12 y 30 pasadas de la mañana y yo en la cabina de bombardero dispuesto a disparar mi ametralladora cada vez que oyese un motor de cualquier avión enemigo.

Comenzamos muy bien, aunque a eso de la mitad la asistente del médico me dijo:
Oyes el martilleo de las obras que hay al lado?”
Perfectamente“, dije yo, pensando que era parte de la prueba, y aterrado por la idea de que si no las oía tuviese que usar un audífono de esos que oyes hasta los alfileres cayendo en el cenicero. Las oigo perfectamente“- le dije mientras apretaba una y otra vez el botón de disparo. Si hubiese sido Pearl Harbour, no se salvaba ni uno.

Siguió la prueba, pasando del oido derecho al oído izquierdo. Cuando faltaban unos cuantos pitidos para el final, la asistente volvió a interrumpir la prueba para tomar una papelera metálica y golpear a su vez la pared por el lado del hospital. Por cada golpe de la obra, uno de papelera metálica y un click en el botón de disparo




Tras el fin de la prueba, fuimos asistente y yo al despacho del médico. Ambos se sentaron juntos delante de mi. Al instante se levantaron y se fueron a tomar algo, que ya eran las dos y media de la tarde.

Regresaron a eso de las cuatro y media, oliendo claramente a vino. Especialmente la ayudante del médico, que cada cierto rato hipaba. Yo por mi parte echaba en falta el botón de disparo de la cabina de audiometría, así que con cada ruido de la ayudante le metía en el dedo en el ojo al otorrino que no se quejaba para nada de aquello.

Tiene usted una pérdida del 10% de audición
Qué?”
Que tiene usted una pérdida del 10% de audición

Vaya, pensé… eso significa que el 10% de todas las conversaciones me las pierdo. Al menos oiré un 10% inferior de gilipolleces en mi vida. Pero claro, no sabré identificar qué son gilipolleces y qué no… y me repetirán dos veces la misma gilipollez o el mismo chiste malo… ¿Y si lo que dejo de oir es el 10% de las cosas que realmente merecen la pena? Y si resulta que el 10% de las palabras es lo que no oigo?

¿Pietro?” dijo el médico
¿Qué?
Primero: aterrice. Segundo: no es grave un 10% de pérdida. Simplemente es que usted no presta atención a lo que le dicen
Entienda, Sr. Otorrino, que oigo muchas paridas a lo largo de mi jornada laboral

¿A qué se dedica usted?

Les expliqué a qué me dedicaba, y ambos, doctor y asistente asintieron comprendiendo la gravedad del caso.

Incluso un obrero que había conseguido taladrar la pared de la consulta y estaba allí parado viendo el reality show mientras se tomaba un bocata de tortilla que había sacado de su casco también asentía, circunspecto. Harto circunspecto.

El médico me dijo: vamos a demostrárselo, sientese en aquella silla del fondo, a nuestra izquierda

Lo hice.

Tapese el oido derecho con un dedo y repita lo que vayamos diciendo:

Gato
Gato
Perro
Perro
Betún
Betún
Jazmín
Jazmín

¿Lo ve usted?“, dijo el otorrino. “Es que no presta atención alguna“. Esto lo dijo a gritos, y con tono muy enfadado, así que tanto el obrero como yo como la vecina del final de la calle le entendimos perfectamente. De hecho el obrero se asustó un poco, pero se tranquilizó enseguida en cuanto la ayudante le dio una copita de algo que tenía por ahí suelto, no sin antes servirse ella una.

Lo veo doctor, lo veo” dije yo, aunque por ningún lado veía algo especial, ni entendía qué influencia tiene la vista sobre el oído. Supongo que alguna, porque dicen que los ciegos oyen pero que muy bien.

Así que abandoné la consulta todo feliz por el agujero de la pared (salga usted por aquí, que llegará antes), esquivando a la ayudante, que dormía la mona en el suelo, abrazada a una manta de hospital, y feliz de ser un despistado en este mundo, no sin antes pedirle al doctor que me firmase un justificante, que ya eran las siete de la tarde (pasadas) y en el trabajo me iban a decir algo.

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