Cuento friki

Sunday, February 1st, 2009

Gran noticia!!!
He dejado mi Macintosh aparcado.
Hace ya algún tiempo que las relaciones entre mi colorplus y yo no eran del todo… como decirlo, idóneas…

La verdad es que ha sido difícil terminar de esta manera tan brusca, pero mi mac y yo trataremos de seguir siendo amiguetes, y puede que de vez en cuando le toque un poco las teclas, para recordar los viejos tiempos en los que, siendo todavía un macintosh plus, sin más que una disquetera de baja densidad, me cautivó con monitor integrado monocromo.

Eran tiempos felices, en los que yo me entregaba en cuerpo y alma a ella. Le limpiaba el teclado todos los días, y alimentaba sus ambiciones con más y más programas nuevos.

A veces, al volver del cole, me recibia con su mejor pantalla de bienvenida, esa que sólo mostraba cuando no tenía instalado el startupscreen.bmp. Yo me ponía solo con verla, y acababa instalandole algún programa muy grande, como el Filemaker Pro 2.0, lo cual requería que le metiese y sacase muchas veces el disquete del programa, para que ella pudiese asimilar los datos con calma.

macse002

Nuestro amor mutuo creo que comenzó a enfriarse en las navidades del 93, cuando descubrí a mi hermano jugando al risk con ella.

Eso era lo peor que podría haberme hecho. Podría entender que se liase con cualquier otra persona, pero no con mi hermano , que sólo le gustaban los pc´s, y que incluso se reía de su pantalla.

No le dirigí la palabra en meses, y sólo volví a ella cuando vi lo felices que eran mis amigos con sus ordenadores, escribiéndo poesías y jugando al doom.

Ella me prometió que nunca más jugaría con otro más que conmigo, y yo la creí. No debí hacer eso, porque tan sólo una semana más tarde, tuve que llevarla al concesionario más cercano urgentemente: se había roto su único botón del ratón, y no podía ejecutar ningún programa más que el Multifinder. Siempre he pensado que se lo rompió Fernando, en una discusión en la que la intentó buscar el botón izquierdo, pero… nunca pude demostrarlo.

La reparación fue algo cara, 4.000 pesetas, y estuve a punto de dejarla cuando mis amigos me dijeron que ellos por tan sólo 2000 le ponían todo un ratón nuevo a sus pc´s.

Fue poco después cuando evolucionó, y se transformó en un Macintosh SEII, que era ya un ordenador sin disco duro, pero con doble disquetera de alta densidad.

Nuestras relaciones se hicieron más monótonas, y ya no le metía y sacaba los disquetes, ya no había la magia de saber si la memoria ram aguantaría tanto trajín…

Pasaron los años, y me fuí alejando de ella poco a poco. Ya sólo la usaba de vez en cuando, para escribir algún cuento, alguna carta, jugar al supertetris…

De hecho, desde que empecé la facultad, conocí a muchos otras ordenadores, que tenían la pantalla en color, y con los que podía conocer el mundo a través del programa Gopher.

Sin que lo supiera mi mac, (como yo siempre le llamaba en casa), subía todos los viernes a la sala de ordenadores de mi facultad, y me conectaba con una de aquellas preciosidades, que no dejaban de sorprenderme, sobre todo por lo rápido que se producian errores con ellas. Tenían la costumbre de provocar un volcado de pila cuando menos te lo esperabas, y te obligaban a resetearlas y pasarlas el scandisk suavemente por el lomo.

Un día, al volver a casa, mi Macintosh SEII no estaba. Nadie supo darme razones. Ni siquiera dejó una carta impresa con la imagewriter II. Desapareció, sin más.

Meses más tarde, mi hermano volvió a casa con ella. Se había cambiado el nombre, (ahora se llamaba colorplus), y estaba irreconocible: nuevo teclado extendido, monitor en color… y venía cargada con un disco duro de ochenta megas, que yo siempre he aceptado como mío, a pesar de que no recuerdo haber tocado su placa base sin tomar las precauciones necesarias.

La recibí con los brazos abiertos, y todo volvió a ser como antes. Su impresora murió el año pasado, (era ya muy mayor), y ella me miró horrorizada mientras la desmontaba para sacar su unidad de alimentación antes de tirarla a la basura. Posiblemente debí hacerlo en otro cuarto, pero…

Ayer, escribiendo una carta, me dijo que lo mejor sería que no nos viesemos más, que nuestra relación no llegaría muy lejos. Yo estaba enamorado de un portatil toshiba satellite pro que pasó por aquí de camino a casa de mi hermana, y no podría sacarme de la cabeza su sonido suave, sus bahías intercambiables y aquella forma de sostenerme el cigarrillo con el teclado mientras yo me tomaba el café, intentando configurar su soundblaster.

Yo acepté la realidad, y le dije que me gustaba mucho como ordenador, que su sistema operativo era mucho mejor que los demás, y que nunca me había fallado en los cálculos estadísticos, pero que me gustaría algo menos personal y que me dejara hacer amigos con los que intercambiar programas. Además, en el trabajo, mi pentium no dejaba de hacerme guiños con el odbc, para que consultara sus bases, y estaba hecho un lío.

Mi colorplus (recordaré siempre como el brillaba la pantalla al decirlo), me recordó aquella vez que hicimos juntos el análisis estadístico de la encuesta que hice para investigación de mercados, y me dio a elegir: o el toshiba portatil o ella.

Ahora estoy con un 386 que me ha pasado, un amigo mío, hecho con piezas de varios ordenadores antiguos. En tiempos, su torre era de la familia de ordenadores IBM, aunque todos sabemos que salieron los clónicos y fueron a menos. Está algo anticuada, y no quiere que juegue con ella hasta que le instale un mouse compatible con su puerto ps/2. Le traje un ratón genérico del trabajo, y me dijo que ella no se mezclaba con esa chusma clónica.

Y aquí sigo, esperando que mi hermana se canse de aquél portatil toshiba, y quiera algo más, para poder volver a acariciar aquel teclado, y decirle cosas bonitas a su micrófono.

Vaya, mi 386 se ha puesto celosa y me pide que le pase el panda antivirus. Es un poco tonta, pero entre ella y yo solo hay procesamiento de textos.

Qué me está contando usted

Sunday, November 9th, 2008

El viernes pasado, fui a ver al otorrino. La gente me pedía por favor que fuera porque decían que estoy sordo. Me decían: vete al otorrino, Pietro. Y yo les decía: ¿que?

Así que el viernes pasado, aproximadamente a las 8,46 de la mañana (porque ya se sabe que las horas de consulta son aproximadas, no exactas), me hicieron una audiometría. Es decir, exactamente a las 11.17 de la mañana me metieron en una cabina aislada, con unos auriculares en las orejas, mientras una asistente del médico apretaba botones y yo oía ruiditos en los oidos.

En mi mano tenía un botón en forma de pera, como los de lámpara antígua, o como los de los bombarderos japoneses de la segunda guerra mundial que yo debía pulsar cada vez que comenzase a oir tal pitidito.

Recopilando: las 12 y 30 pasadas de la mañana y yo en la cabina de bombardero dispuesto a disparar mi ametralladora cada vez que oyese un motor de cualquier avión enemigo.

Comenzamos muy bien, aunque a eso de la mitad la asistente del médico me dijo:
Oyes el martilleo de las obras que hay al lado?”
Perfectamente“, dije yo, pensando que era parte de la prueba, y aterrado por la idea de que si no las oía tuviese que usar un audífono de esos que oyes hasta los alfileres cayendo en el cenicero. Las oigo perfectamente“- le dije mientras apretaba una y otra vez el botón de disparo. Si hubiese sido Pearl Harbour, no se salvaba ni uno.

Siguió la prueba, pasando del oido derecho al oído izquierdo. Cuando faltaban unos cuantos pitidos para el final, la asistente volvió a interrumpir la prueba para tomar una papelera metálica y golpear a su vez la pared por el lado del hospital. Por cada golpe de la obra, uno de papelera metálica y un click en el botón de disparo




Tras el fin de la prueba, fuimos asistente y yo al despacho del médico. Ambos se sentaron juntos delante de mi. Al instante se levantaron y se fueron a tomar algo, que ya eran las dos y media de la tarde.

Regresaron a eso de las cuatro y media, oliendo claramente a vino. Especialmente la ayudante del médico, que cada cierto rato hipaba. Yo por mi parte echaba en falta el botón de disparo de la cabina de audiometría, así que con cada ruido de la ayudante le metía en el dedo en el ojo al otorrino que no se quejaba para nada de aquello.

Tiene usted una pérdida del 10% de audición
Qué?”
Que tiene usted una pérdida del 10% de audición

Vaya, pensé… eso significa que el 10% de todas las conversaciones me las pierdo. Al menos oiré un 10% inferior de gilipolleces en mi vida. Pero claro, no sabré identificar qué son gilipolleces y qué no… y me repetirán dos veces la misma gilipollez o el mismo chiste malo… ¿Y si lo que dejo de oir es el 10% de las cosas que realmente merecen la pena? Y si resulta que el 10% de las palabras es lo que no oigo?

¿Pietro?” dijo el médico
¿Qué?
Primero: aterrice. Segundo: no es grave un 10% de pérdida. Simplemente es que usted no presta atención a lo que le dicen
Entienda, Sr. Otorrino, que oigo muchas paridas a lo largo de mi jornada laboral

¿A qué se dedica usted?

Les expliqué a qué me dedicaba, y ambos, doctor y asistente asintieron comprendiendo la gravedad del caso.

Incluso un obrero que había conseguido taladrar la pared de la consulta y estaba allí parado viendo el reality show mientras se tomaba un bocata de tortilla que había sacado de su casco también asentía, circunspecto. Harto circunspecto.

El médico me dijo: vamos a demostrárselo, sientese en aquella silla del fondo, a nuestra izquierda

Lo hice.

Tapese el oido derecho con un dedo y repita lo que vayamos diciendo:

Gato
Gato
Perro
Perro
Betún
Betún
Jazmín
Jazmín

¿Lo ve usted?“, dijo el otorrino. “Es que no presta atención alguna“. Esto lo dijo a gritos, y con tono muy enfadado, así que tanto el obrero como yo como la vecina del final de la calle le entendimos perfectamente. De hecho el obrero se asustó un poco, pero se tranquilizó enseguida en cuanto la ayudante le dio una copita de algo que tenía por ahí suelto, no sin antes servirse ella una.

Lo veo doctor, lo veo” dije yo, aunque por ningún lado veía algo especial, ni entendía qué influencia tiene la vista sobre el oído. Supongo que alguna, porque dicen que los ciegos oyen pero que muy bien.

Así que abandoné la consulta todo feliz por el agujero de la pared (salga usted por aquí, que llegará antes), esquivando a la ayudante, que dormía la mona en el suelo, abrazada a una manta de hospital, y feliz de ser un despistado en este mundo, no sin antes pedirle al doctor que me firmase un justificante, que ya eran las siete de la tarde (pasadas) y en el trabajo me iban a decir algo.

El autor: Pietro Occhiata



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