Madrid – El Preso de la Isla Planesia

…en el archipielago de la emetreinta

Archive for June, 2008

Mr. Pablo Duno Tersal

Hace una semana iba en una barca de remos por los túneles subterráneos. Era una barca de estas nuevas, con menos asientos y más espacio para ir de pie.

No sé si habéis remado alguna vez de pie. Es chungo. Pero mucho. Es más fácil remar sentado, apoyando los pies en el suelo. Remar de pie implica que muchas veces te caes para los lados, hacia el frente y también de espaldas.

Por esto cuando entra algún viajero como el que acabábamos de recoger en el mar del cristal (una persona mayor, muy alta, con casi todo el pelo de la cabeza concentrado en su bigote), si estoy sentado suelo levantarme para dejarle el sitio. Pero el viajero se negó a sentarse, respondiéndome con una sonrisa. La verdad es que estoy hecho polvo así que el gesto de “párate” que me ha hecho con la palma de su mano derecha ha sido para mí como el de un jedi (a pesar de la altura del personaje), y una fuerza invisible me ha mandado de nuevo al asiento de golpe.

La barca de remos continuó navegando por todas las paradas, camino de su destino final. Era extraño, porque todos los pasajeros iban descendiendo de la barca, dejando más asientos libres libres que viajeros, pero el pasajero alto, con bigote blanco, no se sentaba. Casi al final del trayecto ibamos él y yo sólos en la barca y, señalando los tres asientos libres enfrente de mí, le pregunté por lo evidente:

¿No se sienta usted?

Él volvió a sonreir. Dijo un “no” con los labios pero no con la voz y movió ligeramente la cabeza hacia los lados, mientras cerraba los ojos. Llegamos a mi parada y me bajé, diciendo un adiós al pasajero.
mr pedete

Hoy volví a montar en otra barca de remos, en otro trayecto. Era hora punta y la barca estaba llena de emetreinteños. Yo iba medio dormido, adivinando mis ojeras en el reflejo de los cristales. Es que últimamente me doy mucha caña. Iba de pie, abrazado a la barra central de la barca de remos, bailando un chotis con ella mientras la barca saltaba entre las olas.

Así estaba, distraidillo, cuando en la parada siguiente embarcó de nuevo él, la persona alta y con el bigote blanco de hace una semana. Miró a derecha e izquierda, pero nadie le ofreció su sitio. Yo solté mi barra y él se agarró a la misma. Su mirada se cruzó con la mía, y al reconocerme, sonrió un poco.

Pero pronto se puso serio de nuevo. Miro a la gente de la barca, y volvió a mirarme a mí. Por primera vez oí su voz, aunque muy baja y a mi oído, preguntando: ¿te bajas en la próxima parada?. La verdad es que sí, respondí. “Mejor, mejor“, dijo para sí mismo.

Mr pedeteCuando llegamos a la siguiente parada, bajé delante de él, como me había recomendado.

El anciano aguantó unos segundos dentro de la barca, justo delante de la puerta. En su cara se podía ver una gran concentración. Fue entonces cuando lo oí. Bueno, lo oímos todos los que estabamos cerca. Un prrrfff, prfff, prrrff… fiuuuu que escapaba del culo del anciano. Un pedo de unos 10 segundos, con diferentes escalas y notas. Los de dentro de la barca, al empezar a oir (y oler) aquello, intentaron escapar, pero sólo el viejo pudo salir a tiempo. Y por las caras de los que se habían quedado dentro aquello no debía de oler especialmente bien. Creo que sufrirían ese olor al menos dos paradas más. Algunos lloraban y todo, como si les hubiesen rociado con un spray de pimienta.

El misterioso anciano y yo vimos marchar la barca levantando olas. El andén quedó en silencio, y el viejo se volvió hacia mí, ofreciendo su mano de jedi para que yo la estrechara.

Me presentaré: soy Pablo Duno Tersal. Estoy jubilado y mi única diversión es ésta, ir repartiendo justicia entre las barcas de remos. Entro en una al azar y espero a que alguien de los que está sentado me ofrezca su sitio. Si alguien lo hace, esa barca se salva. Si nadie me ofrece sitio, a pesar de ser una persona mayor y cansada, les perfumo el ambiente. Hace meses estaba sólo en esto, pero ya he convencido a unos cuantos amigos, ancianos como yo, para que hagan lo mismo. Piense la cantidad de legumbres que los jubilados…

Dios mío – le interrumpí — Entonces, el otro día…

Si, el otro día salvó usted a los pasajeros de aquella barca. Hoy éstos no han tenido tanta suerte.

No dijo más, ni yo podría haber añadido una palabra, de lo sorprendido que estaba. Volvió a estrechar mi mano, caminó hacia la salida hasta desaparecer por el final del andén.

Así que a partir de ahora cuando vayáis en una barca de remos y entre alguien mayor… cededle el sitio… puede que sea Mister P.D.T. (o uno de sus amigos), repartiendo justicia.

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Preso sin cadena

Es curioso. Por lo menos para mí. En estos días que voy de lado a lado y no paro, es curioso cómo sigo siendo un preso. Y me miro a ver si tengo grilletes, pero no, la verdad, no veo ninguna cadena, ni nada de esto.

Sí que es cierto que cuando tengo que ponerme delante a escribir algo, noto así como una cosa pesada y dura en el cuello. Y me miro al espejo… pues no, ahí no hay nada, eh? no veo ni cadenas ni nada parecido que esté sobre mi cuello.

También me pasa alguna mañana, cuando tengo que salir al trabajo, a despiojar ñús. Noto otra vez la cadena, tirando de mí. Si es que muchos días cuesta ponerse en pie al lado de la cama. Me siento en el borde del colchón… me miro en el espejo que hay ahí cerca… y de verdad, que no hay nada atado a los pies, no no.

Pero que también es a la vuelta. Como si me hubiesen prohibido el paso a varias estaciones de metro. Qué cosas. Y me tengo que ir dos, tres estaciones más arriba de la línea, a ver si en alguna consigo entrar y volver a casa.

Esos días que voy rodeado de gente en los túneles subterráneos. Que saco todas esas nuevas ideas para escribir aquí y que luego nunca uso, como en el túnel del otro día, que oía los tacones de al menos 15 mujeres. 30 tacones golpeando el suelo, como una carga de caballería. Me digo: bueno, esto le doy una vuelta, lo escribo así con gracia, hilado con un par de historias… Y no estoy preso, pero alguien me requisa las ideas, de verdad. Como a los presos les requisan las cartas. A veces me alegro, de verdad, porque la de los cascos como véis es de lo más estúpido.

Number 6

Y vuelo de un lado a otro, incluso a otros países. Nada me para salvo los controles policiales de los aeropuertos, y con sólo enseñar el pasaporte ya paso. Si no tengo nada que me evite moverme de un lado a otro, no.

Es gracioso, ya digo. Al menos para mí. Completamente preso. Allá donde voy me llevo la cárcel a cuestas.

El lunes me meten un tubo por la boca para revisar el número 6 y una hora antes de que esto pase, me revisan el número 5. A ver qué tal. Esto va a ser la salsa de los kebaps. Que lo digo yo.

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Ekaina

Ekaina es Junio en euskera

Quizá a una gata que adopté en octubre debería haberla llamado urtarrila, pero es largo y para qué engañarnos, no sé euskera. La cosa es que eras una gata pequeñita. de las que tienen los ojos chinados y que caben en la palma de la mano. Una gatita que no dejabas de engancharte en mi jersey rojo con tus uñas frágiles, maullando de vez en cuando para dejar claro que estabas a gusto ahí, pero que no me eternizase. Quizá tu no lo recuerdes, pero era octubre, y estabas con tu hermana y tu hermano en Isla Charola.

Laurencio Montaño me dijo:
“Con cual te quedas?”

“Con esta, estoy seguro de ello”
Le respondí.

Volví ese día a Tabarka, y las cosas cambiaron radicalmente días después. El rey decidió que tenía una isla sin llenar en el condado de la emetreinta, y nos trasladó a todos los presos italianos a esta isla perdida en el mediterráneo. Eso fue más o menos por noviembre de 2004.

Pasaron los meses, incluso más de un año, tanto tiempo que no podría contarlo con los dedos.

Y finalmente volví a Isla Charola

La madre de Laurencio me señalaba gatos, uno tras otro: ese es hijo de la Jana (tu madre), ese es hijo de la blanca… incluso vi a tus otros hermanos merodendo por allí. Había muchos gatos. La verdad: tu madre nos salió un poco puta, y tiene miles de crías, todas con gatos diferentes.

Gatos medio atigrados medio frisones
Gatos medio anaranjados medio frisones
Incluso gatos medio siameses pero con manchas blancas y negras en la frente.

Es que el padre cambia, pero la madre sigue siendo la misma.

Pero tu no estabas.

Finalmente te encontré, subida a un árbol. Bueno, primero pasaste a mi lado como una bala, para luego subirte a el arbol que tienen allí junto a la barbacoa esa de ladrillo. El resto de tus primos, hermanos, sobrinos y demás parentela te habían ahuyentado hasta allí. Ellos no eran tan rápidos como tu subiendo a los árboles, y por el momento les habías esquivado.

Desde la mitad del árbol, entre dos ramas, asomabas la cabeza y me mirabas con miedo. Tu mirada era muy distinta a todas las fotos que he visto tuyas desde entonces, en las que tienes la cabeza bien alta, y giñas los ojos con el sol como si en tí hubiese algo que dijese: “eh, yo estoy aquí debajo del sol que me gusta, todo tranquila, tu nunca sabrás lo que es esto“.

Ekaina tomando el sol con indiferencia

En esta foto al menos eso parece. Con tu color atigrado al sol. De tres colores, como sólo tenéis las gatas (los gatos nunca pueden ser tricolores, sólo las gatas). Supongo que venías de un gato atigrado, guapo, que demostró a tu madre, la Jana, que podía subirse a los árboles más altos, cuya meada olía mejor (si es que una meada de gato olió bien el algún lugar del mundo alguna vez).

Me mirabas con miedo y con las orejas apuntando cada una para un lado, vigilante de cualquier ruido amenazador. Nos miramos unos segundos e intenté sacarte una foto con mi cámara de fotos, pero… esas cosas no tienen batería suficiente cuando las necesitas.

Quizá sea mejor así, prefiero recordarte con la mirada in/diferente y no con ese miedo. En ese momento Laurencio, con algún kilo más que hacía dos años, me contó que tuviste gatitos, y que tus familiares te forzaron a criarlos lejos. Me contó que hace tiempo que no ven a tu camada, y esto no pinta bien.

Mira Ekaina… no sé qué será de tu vida. No sé si te comerá un zorro o decidirás montártelo por tu cuenta en otra parte de Isla Charola. No lo sé. Sé que te ví subida a ese árbol, perseguida por los cabrones de tus hermanos (que nunca fueron de mi agrado, ahora sé por qué), y me dijeron que era una pena lo de tu camada, porque los de allí esperaban que me hubiese llevado a uno de tus hijos a mi celda…

pero…

qué quieres que te cuente…

Ahora vivo en una celda de 100 pies cuadrados, y ya no es como en Islandia. Y te aviso que ni en Tabarka ni aquí podrías correr sin parar, y ver a lo lejos las montañas mientras te cae encima la niebla meona, como llamaba mi abuela a esa niebla que hace que el agua se condense en tu cara al andar. Tampoco podrías cazar ratones a kilómetros de distancia de casa, como hace la Jana (la hemos visto Laurencio y yo hacerlo).

Aquí sólo verías la luz por cuatro ventanas oscilobatientes y estarías todo el día deseando que llegasen las ocho y media de la tarde para que jugásemos a perseguir esa pelota verde que tengo por mi habitación y que ignoro de dónde ha salido. Luego comeríamos algo, yo alguna mierda precocinada y tu alguna galleta de estas secas… nos tumbaríamos en el sofá y yo te contaría cómo la madre de todos los ñús no me deja que le quite los piojos. Tu entrecerrarías los ojos en una mirada infinita medio aburrida medio complaciente… y engordaríamos los dos plácidamente viendo el telediario de Telemadrid de madrugada.

No sé tú, (porque no hay manera de preguntarte tu opinión y que encima respondas), pero creo que estás mejor donde estás.

Eso me digo, porque no dejo de pensar en tu cara de miedo, allí subida al árbol mientras yo hacía el imbécil debajo con una salchicha, intentándote hacer bajar.

Y me siento la hostia de culpable.

Espero que este post sirva para que sepas que te llevo en mi recuerdo (y en mi móvil). Sé que a tí las palabras blog y móvil no te suenan a nada, pero espero que sirva. Y aunque tampoco sirve, espero verte la próxima vez que vaya por Isla Charola, y espero poder hacerte caricias bajo la barbilla, que los dos sabemos que te gusta.

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