Madrid – El Preso de la Isla Planesia

…en el archipielago de la emetreinta

Ekaina

Ekaina es Junio en euskera

Quizá a una gata que adopté en octubre debería haberla llamado urtarrila, pero es largo y para qué engañarnos, no sé euskera. La cosa es que eras una gata pequeñita. de las que tienen los ojos chinados y que caben en la palma de la mano. Una gatita que no dejabas de engancharte en mi jersey rojo con tus uñas frágiles, maullando de vez en cuando para dejar claro que estabas a gusto ahí, pero que no me eternizase. Quizá tu no lo recuerdes, pero era octubre, y estabas con tu hermana y tu hermano en Isla Charola.

Laurencio Montaño me dijo:
“Con cual te quedas?”

“Con esta, estoy seguro de ello”
Le respondí.

Volví ese día a Tabarka, y las cosas cambiaron radicalmente días después. El rey decidió que tenía una isla sin llenar en el condado de la emetreinta, y nos trasladó a todos los presos italianos a esta isla perdida en el mediterráneo. Eso fue más o menos por noviembre de 2004.

Pasaron los meses, incluso más de un año, tanto tiempo que no podría contarlo con los dedos.

Y finalmente volví a Isla Charola

La madre de Laurencio me señalaba gatos, uno tras otro: ese es hijo de la Jana (tu madre), ese es hijo de la blanca… incluso vi a tus otros hermanos merodendo por allí. Había muchos gatos. La verdad: tu madre nos salió un poco puta, y tiene miles de crías, todas con gatos diferentes.

Gatos medio atigrados medio frisones
Gatos medio anaranjados medio frisones
Incluso gatos medio siameses pero con manchas blancas y negras en la frente.

Es que el padre cambia, pero la madre sigue siendo la misma.

Pero tu no estabas.

Finalmente te encontré, subida a un árbol. Bueno, primero pasaste a mi lado como una bala, para luego subirte a el arbol que tienen allí junto a la barbacoa esa de ladrillo. El resto de tus primos, hermanos, sobrinos y demás parentela te habían ahuyentado hasta allí. Ellos no eran tan rápidos como tu subiendo a los árboles, y por el momento les habías esquivado.

Desde la mitad del árbol, entre dos ramas, asomabas la cabeza y me mirabas con miedo. Tu mirada era muy distinta a todas las fotos que he visto tuyas desde entonces, en las que tienes la cabeza bien alta, y giñas los ojos con el sol como si en tí hubiese algo que dijese: “eh, yo estoy aquí debajo del sol que me gusta, todo tranquila, tu nunca sabrás lo que es esto“.

Ekaina tomando el sol con indiferencia

En esta foto al menos eso parece. Con tu color atigrado al sol. De tres colores, como sólo tenéis las gatas (los gatos nunca pueden ser tricolores, sólo las gatas). Supongo que venías de un gato atigrado, guapo, que demostró a tu madre, la Jana, que podía subirse a los árboles más altos, cuya meada olía mejor (si es que una meada de gato olió bien el algún lugar del mundo alguna vez).

Me mirabas con miedo y con las orejas apuntando cada una para un lado, vigilante de cualquier ruido amenazador. Nos miramos unos segundos e intenté sacarte una foto con mi cámara de fotos, pero… esas cosas no tienen batería suficiente cuando las necesitas.

Quizá sea mejor así, prefiero recordarte con la mirada in/diferente y no con ese miedo. En ese momento Laurencio, con algún kilo más que hacía dos años, me contó que tuviste gatitos, y que tus familiares te forzaron a criarlos lejos. Me contó que hace tiempo que no ven a tu camada, y esto no pinta bien.

Mira Ekaina… no sé qué será de tu vida. No sé si te comerá un zorro o decidirás montártelo por tu cuenta en otra parte de Isla Charola. No lo sé. Sé que te ví subida a ese árbol, perseguida por los cabrones de tus hermanos (que nunca fueron de mi agrado, ahora sé por qué), y me dijeron que era una pena lo de tu camada, porque los de allí esperaban que me hubiese llevado a uno de tus hijos a mi celda…

pero…

qué quieres que te cuente…

Ahora vivo en una celda de 100 pies cuadrados, y ya no es como en Islandia. Y te aviso que ni en Tabarka ni aquí podrías correr sin parar, y ver a lo lejos las montañas mientras te cae encima la niebla meona, como llamaba mi abuela a esa niebla que hace que el agua se condense en tu cara al andar. Tampoco podrías cazar ratones a kilómetros de distancia de casa, como hace la Jana (la hemos visto Laurencio y yo hacerlo).

Aquí sólo verías la luz por cuatro ventanas oscilobatientes y estarías todo el día deseando que llegasen las ocho y media de la tarde para que jugásemos a perseguir esa pelota verde que tengo por mi habitación y que ignoro de dónde ha salido. Luego comeríamos algo, yo alguna mierda precocinada y tu alguna galleta de estas secas… nos tumbaríamos en el sofá y yo te contaría cómo la madre de todos los ñús no me deja que le quite los piojos. Tu entrecerrarías los ojos en una mirada infinita medio aburrida medio complaciente… y engordaríamos los dos plácidamente viendo el telediario de Telemadrid de madrugada.

No sé tú, (porque no hay manera de preguntarte tu opinión y que encima respondas), pero creo que estás mejor donde estás.

Eso me digo, porque no dejo de pensar en tu cara de miedo, allí subida al árbol mientras yo hacía el imbécil debajo con una salchicha, intentándote hacer bajar.

Y me siento la hostia de culpable.

Espero que este post sirva para que sepas que te llevo en mi recuerdo (y en mi móvil). Sé que a tí las palabras blog y móvil no te suenan a nada, pero espero que sirva. Y aunque tampoco sirve, espero verte la próxima vez que vaya por Isla Charola, y espero poder hacerte caricias bajo la barbilla, que los dos sabemos que te gusta.

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