Archive for the ‘Los extraños planesianos’ Category

Qué me está contando usted

Sunday, November 9th, 2008 |

El viernes pasado, fui a ver al otorrino. La gente me pedía por favor que fuera porque decían que estoy sordo. Me decían: vete al otorrino, Pietro. Y yo les decía: ¿que?

Así que el viernes pasado, aproximadamente a las 8,46 de la mañana (porque ya se sabe que las horas de consulta son aproximadas, no exactas), me hicieron una audiometría. Es decir, exactamente a las 11.17 de la mañana me metieron en una cabina aislada, con unos auriculares en las orejas, mientras una asistente del médico apretaba botones y yo oía ruiditos en los oidos.

En mi mano tenía un botón en forma de pera, como los de lámpara antígua, o como los de los bombarderos japoneses de la segunda guerra mundial que yo debía pulsar cada vez que comenzase a oir tal pitidito.

Recopilando: las 12 y 30 pasadas de la mañana y yo en la cabina de bombardero dispuesto a disparar mi ametralladora cada vez que oyese un motor de cualquier avión enemigo.

Comenzamos muy bien, aunque a eso de la mitad la asistente del médico me dijo:
Oyes el martilleo de las obras que hay al lado?”
Perfectamente“, dije yo, pensando que era parte de la prueba, y aterrado por la idea de que si no las oía tuviese que usar un audífono de esos que oyes hasta los alfileres cayendo en el cenicero. Las oigo perfectamente“- le dije mientras apretaba una y otra vez el botón de disparo. Si hubiese sido Pearl Harbour, no se salvaba ni uno.

Siguió la prueba, pasando del oido derecho al oído izquierdo. Cuando faltaban unos cuantos pitidos para el final, la asistente volvió a interrumpir la prueba para tomar una papelera metálica y golpear a su vez la pared por el lado del hospital. Por cada golpe de la obra, uno de papelera metálica y un click en el botón de disparo




Tras el fin de la prueba, fuimos asistente y yo al despacho del médico. Ambos se sentaron juntos delante de mi. Al instante se levantaron y se fueron a tomar algo, que ya eran las dos y media de la tarde.

Regresaron a eso de las cuatro y media, oliendo claramente a vino. Especialmente la ayudante del médico, que cada cierto rato hipaba. Yo por mi parte echaba en falta el botón de disparo de la cabina de audiometría, así que con cada ruido de la ayudante le metía en el dedo en el ojo al otorrino que no se quejaba para nada de aquello.

Tiene usted una pérdida del 10% de audición
Qué?”
Que tiene usted una pérdida del 10% de audición

Vaya, pensé… eso significa que el 10% de todas las conversaciones me las pierdo. Al menos oiré un 10% inferior de gilipolleces en mi vida. Pero claro, no sabré identificar qué son gilipolleces y qué no… y me repetirán dos veces la misma gilipollez o el mismo chiste malo… ¿Y si lo que dejo de oir es el 10% de las cosas que realmente merecen la pena? Y si resulta que el 10% de las palabras es lo que no oigo?

¿Pietro?” dijo el médico
¿Qué?
Primero: aterrice. Segundo: no es grave un 10% de pérdida. Simplemente es que usted no presta atención a lo que le dicen
Entienda, Sr. Otorrino, que oigo muchas paridas a lo largo de mi jornada laboral

¿A qué se dedica usted?

Les expliqué a qué me dedicaba, y ambos, doctor y asistente asintieron comprendiendo la gravedad del caso.

Incluso un obrero que había conseguido taladrar la pared de la consulta y estaba allí parado viendo el reality show mientras se tomaba un bocata de tortilla que había sacado de su casco también asentía, circunspecto. Harto circunspecto.

El médico me dijo: vamos a demostrárselo, sientese en aquella silla del fondo, a nuestra izquierda

Lo hice.

Tapese el oido derecho con un dedo y repita lo que vayamos diciendo:

Gato
Gato
Perro
Perro
Betún
Betún
Jazmín
Jazmín

¿Lo ve usted?“, dijo el otorrino. “Es que no presta atención alguna“. Esto lo dijo a gritos, y con tono muy enfadado, así que tanto el obrero como yo como la vecina del final de la calle le entendimos perfectamente. De hecho el obrero se asustó un poco, pero se tranquilizó enseguida en cuanto la ayudante le dio una copita de algo que tenía por ahí suelto, no sin antes servirse ella una.

Lo veo doctor, lo veo” dije yo, aunque por ningún lado veía algo especial, ni entendía qué influencia tiene la vista sobre el oído. Supongo que alguna, porque dicen que los ciegos oyen pero que muy bien.

Así que abandoné la consulta todo feliz por el agujero de la pared (salga usted por aquí, que llegará antes), esquivando a la ayudante, que dormía la mona en el suelo, abrazada a una manta de hospital, y feliz de ser un despistado en este mundo, no sin antes pedirle al doctor que me firmase un justificante, que ya eran las siete de la tarde (pasadas) y en el trabajo me iban a decir algo.

Manual de ya llegué yo primero

Sunday, October 19th, 2008 |

(O de cómo sobrevivir en el metro)
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Me llegó el otro día el manual de ya llegué yo primero a casa, y es que no puedo dejar de leerlo. No hago otra cosa desde hace días, porque hay días muy muy duros, y están siendo los campeonatos… y todo así de mal.

Os voy a contar las normas que utilizamos para el juego en equipos:

Para jugar en equipos no os creáis que es necesario conocerse. De hecho mola mucho más el juego cuando todos somos desconocidos y nos miramos con cara de odio.

Parte 1: preparación para el juego.

Cuando estás esperando a la barca de remos, en el momento de hora punta, tienes que ir por todo el embarcadero buscando tu sitio. Cuál es el sitio de cada uno es algo que sólo la experiencia te indica. Evidentemente, el mejor sitio es aquel que, cuando te toque desembarcar, haya quedado más cerca de las escaleras de caracol. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, siempre coincide que si te subes en el punto A, la barca para en ese mismo punto A del embarcadero de destino.

Este es el primer punto de fricción en el juego (que es un juego pelín violento, ya os digo), y siempre hay algún despistado que se pone delante de tí cuando estás esperando la barca de remos. Intentará ocupar las últimas plazas disponibles que den acceso a ese puesto privilegiado, pero si tu haces una maniobra kaspersky perfecta, ganarás la posición de apertura, que no tiene por qué ser mala.

Parte 2: durante la travesía.

Durante la travesía, y a pesar de que los remeros se lo curran bien, siempre suele haber olas que zarandean la barca de remos, así que lo mejor es agarrarse a cualquier parte que sobresalga de la barca.

Mucha gente intentará noquearte con su olor corporal, colocando su sobaco cerca de tu nariz, pero ahí es donde tienes que aguantar. Un truco que alguien me ha confesado como infalible es llevar una alimentación rica en leguminosas (alubias, lentejas…), aguantar los pedos hasta estar dentro de la barca de remos, y ahí soltarlo todo todo todo. Al fin y al cabo, a todos nos huelen bien nuestros propios pedos, pero no creo que los demás puedan decir lo mismo.

Foto de autor desconocido, que describe muy bien la situación de la barca de remos cuando estamos llegando
Foto de una barca de remos en hora punta

Parte 3: ya estamos llegando…

Todas las barcas de remos llevan un vociferador que anuncia las competiciones. Mi competición se llama “Avenida América”. También anuncian los puntos que corresponden al primero, segundo y tercer clasificado. En el caso de “Avenida América”, corresponden 7, 6 y 4 puntos respectivamente.

Como véis, el embarcadero en el que participo es de primera división, y no como otros, que dan un punto al primero o incluso nada.

En cuanto el vociferador dice: Avenida América, correspondencia con 7, 6 y 4, se producen los primeros movimientos dentro de la barca. Los jugadores que se encuentran más alejados de la puerta de desembarque se ponen nerviosos e intentan distraer al resto, con palmaditas en la espalda, y frases como: “va a bajarse ahora” “se baja ahora”??

Pues claro que voy a bajarme ahora!!! qué creías, que iba a dejarte pasar??? Todo eso un jugador experto puede decirlo con una simple mirada de odio, sin tener que abrir la boca.

Y por fin… el embarcadero. El juego está a punto de comenzar. Aquí toma especial importancia la figura del “abridor”.

Parte 4: la estampida inicial

El abridor lo reconoceréis enseguida. Es la persona encargada de abrir la portezuela de desembarco. Es muy fácil identificarle porque en todos los desembarcos es el que más cerca está de la puerta, pero sólo se encarga de abrirla cuando llega el puerto en el que él va a participar.

Cuando la lancha se detiene, se produce la estampida. Todos miramos hacia el abridor, y él tira del mecanismo que abre la portezuela… y… bang !!!

Normalmente el abridor es quien primero choca con los obstáculos humanos. Estos obstáculos son las personas que se Colocan Ante Portezuela Ubicándose Lateralmente y Lateralmente Obstaculizando y Sodomizando. Son los (más conocidos por sus siglas) C.A.P.U.L.L.O.S.

Así, la estampida inicial se ve inicialmente frenada por los CAPULLOS que esperan en el embarcadero, con cara de no entender la que se les viene encima. Muchos de ellos, por cierto, se sirven de elementos físicos como carritos de niños, maletas, baules, la suegra…

Como os contaba, el abridor es el primero que choca con uno de estos CAPULLOS, mientras los demás pasamos por encima de su cuerpo caido, procurando pisar fuerte pa que no se levante. Con el periódico que todos llevamos bien apretujao, conviene ir repartiendo guantadas entre los CAPULLOS para abrirte paso hacia la escalera de caracol…

UUUUhhhuuu !!!

Empieza el juego !!!

(continuará…)

Los ascensoristas

Sunday, September 28th, 2008 |

No sé si en este pergamino os he hablado ya de los ascensores. No sé si lo habré llamado de otra forma y está por alguna de las 300 entradas del pergamino. Quizá sí, pero vamos a retomar el tema. Hoy estoy de mala leche y leí por ahí que es la mejor forma de perder lectores de un pergamino: escribir estando cabreado. Pero vamos allá:

Qué es un ascensor?

Bien, esto hay que definirlo con calma.

Mirad, hay personas que son ágiles, jóvenes, delgados y hasta guapos, que suben las escaleras de los túneles subterráneos del condado a pie. Un extremo de esto son los que los suben corriendo. Qué ilusión, qué destreza, qué ganas de comerse el mundo tienen !!! qué ganas a veces me entran de que se coman los escalones en una de esas carreritas, raspando sus incisivos contra la banda de papel de lija en la que acaba cada uno de los escalones.

Luego están la mayoría. Los que juegan al “ya llegué yo primero”. Aquí hay también dos clases. Los que siguen las normas al pie de la letra y son felices adelantando por la izquierda a la otra clase, que suben al ritmo de la escalera de caracol. Ya he visto desde que llegué al condado dos casos de vencedores del “ya llegué yo primero”: competidores veloces que suben las escaleras de caracol a toda leche, y cuando llegan arriba les da un desmayo y se caen al suelo.

Es curioso ver como en esta ciudad el instinto provoca más el que ni cliff se pare a ayudarles que el ser moderno y que te arrollen tus 100.000 congéneres del metro.

Y la tercera clase somos los renegados sociales que vamos en ascensor. Los que deseamos que existan teletransportadores que nos lleven desde lo más profundo de los túneles hasta el nivel de la calle. Pero total, para cuando los inventen será mucho más sensato el que nos lleven desde el sofá de casa al sofá del cine y del sofá del cine al de casa. Pa qué más.

Yo ya no juego al “ya llegué yo primero”, sino que me sé todos los ascensores del condado, y cuál tomar para que el camino al túnel subterráneo correspondiente sea el más corto. Lo malo es que igual que tú, el resto de emetreinteños se conocen estos ascensores.

Parribapabajo

Y aquí están los personajes de los que voy a hablar hoy. Son peores que los C.A.P.U.L.L.O.S. que puedes encontrar frente a las puertas de cualquier barca de remos (CAPULLOS=Colocado Ante Puerta Lateral y Lateralmente Obstaculizando y Sodomizando), estos son realmente peores que los capullos.

Son los A.S.C.E.N.S.O.R.I.S.T.A.S. (Al Subir Consiguen Entrar No Sólo Obstaculizando Repetidamente e Incordiando y Sodomizando, Tambien Apestando a Sudor).

Todos conocéis a estos personajillos, a los ASCENSORISTAS. Son esos que cuando estás esperando al ascensor hacen lo siguiente:

Posición uno: estás el primero en una cola (cómo les gusta hacer cola en este condado), que espera a que llegue el ascensor a tu planta. Estás el primero en la cola y ellos se cuelan por tu izquierda o derecha y si hay dos botones de llamada (uno para el ascensor de subida y otro para el ascensor de bajada), pinchan el que no está iluminado.

Ascensor

Resultado de la posición uno: te montas en el ascensor y apareces en el sótano cuando tu intención era subir a la planta ático. Miras al Ascensorista en el cogote y en los miles de segundos que tarda el ascensor en cerrarse y devolverte a la planta baja (el sube también al ático, en el sótano sólo está el parking), desearías que tu mano y tu brazo fuesen lo suficiéntemente rígidos para atravesar su espalda en busca del corazón (si es que lo tienen, que no está comprobado).

Posición dos: entran los primeros al ascensor y nada más entrar se quedan plantados al lado de la puerta y junto al conjunto de botones, obstaculizando repetidamente e incordiando y sodomizando.

Después de que el resto de la gente les esquive para entrar, llaman a su planta y se colocan delante de los botones, impidiendo ver al resto a qué piso van. Los demás tratan de dar a los botones como pueden, mientras intentan esquivarle para entrar o desde el fondo, pasando peligrosamente cerca del arma secreta de los ascensoristas: el sobaco sudao.

Por cierto, cuando los ascensoristas se hacen mayores, sodomizan a otros ascensoristas, pero de una manera más fina, diciendo una y otra vez: yo voy a la planta tercera. Ha pinchado en la planta tercera? seguro? pero está iluminada? (el botón suele fallar en estos casos) que yo voy a la tercera, la tercera planta. Ha pinchado ya? seguro? estamos subiendo o bajando? es la tercera planta? seguro?

Suelen salir los primeros del ascensor. Y es que en muchos casos aquí se entiende la parábola esa de que “los últimos serán los primeros”.

Voto por exterminarlos una vez que hayamos acabado con las palomas.

Preso sin cadena

Sunday, June 15th, 2008 |

Es curioso. Por lo menos para mí. En estos días que voy de lado a lado y no paro, es curioso cómo sigo siendo un preso. Y me miro a ver si tengo grilletes, pero no, la verdad, no veo ninguna cadena, ni nada de esto.

Sí que es cierto que cuando tengo que ponerme delante a escribir algo, noto así como una cosa pesada y dura en el cuello. Y me miro al espejo… pues no, ahí no hay nada, eh? no veo ni cadenas ni nada parecido que esté sobre mi cuello.

También me pasa alguna mañana, cuando tengo que salir al trabajo, a despiojar ñús. Noto otra vez la cadena, tirando de mí. Si es que muchos días cuesta ponerse en pie al lado de la cama. Me siento en el borde del colchón… me miro en el espejo que hay ahí cerca… y de verdad, que no hay nada atado a los pies, no no.

Pero que también es a la vuelta. Como si me hubiesen prohibido el paso a varias estaciones de metro. Qué cosas. Y me tengo que ir dos, tres estaciones más arriba de la línea, a ver si en alguna consigo entrar y volver a casa.

Esos días que voy rodeado de gente en los túneles subterráneos. Que saco todas esas nuevas ideas para escribir aquí y que luego nunca uso, como en el túnel del otro día, que oía los tacones de al menos 15 mujeres. 30 tacones golpeando el suelo, como una carga de caballería. Me digo: bueno, esto le doy una vuelta, lo escribo así con gracia, hilado con un par de historias… Y no estoy preso, pero alguien me requisa las ideas, de verdad. Como a los presos les requisan las cartas. A veces me alegro, de verdad, porque la de los cascos como véis es de lo más estúpido.

Number 6

Y vuelo de un lado a otro, incluso a otros países. Nada me para salvo los controles policiales de los aeropuertos, y con sólo enseñar el pasaporte ya paso. Si no tengo nada que me evite moverme de un lado a otro, no.

Es gracioso, ya digo. Al menos para mí. Completamente preso. Allá donde voy me llevo la cárcel a cuestas.

El lunes me meten un tubo por la boca para revisar el número 6 y una hora antes de que esto pase, me revisan el número 5. A ver qué tal. Esto va a ser la salsa de los kebaps. Que lo digo yo.

Graham Chapman Memorial

Wednesday, May 21st, 2008 |

Cuando muera quiero un funeral como el de Graham Chapman, uno de los miembros de Monty Python.


Traducción del vídeo al Español:

Graham Chapman, coautor del Sketch de “El Loro Muerto”, ya existe.
Ha dejado de ser, a pasado a mejor vida, descansa en paz, la ha palmado, se ha ido al más allá, mordido el polvo, la ha diñado, ha exhalado su último aliento, y ha ido a encontrarse con el Gran Jefe del Entretenimiento Ligero en los cielos.

Y supongo que todos pensamos lo triste que es que un hombre de tal talento, tal capacidad y amabilidad, de tal inteligencia, se haya desvanecido tan de repente a la edad de tan sólo cuarenta y ocho años, antes de que pudiese alcanzar muchas de las cosas de las que era capaz, y antes de que se hubiese divertido lo suficiente.

Bueno, creo que debería decir: “Chorradas. Que tenga buen viaje, el cabrón aprovechado este. Espero que se fría”.

Y la razón por la que pienso que debería decir esto es que el núnca me perdonaría si no lo hiciese, si dejase pasar esta maravillosa oportunidad de tomaros el pelo en su honor. Lo tenía todo salvo el buen gusto constante. Pude oirle ayer por la noche, mientras escribía estas palabras, susurrándome al oido:

“Vale, Cleese, estás muy orgulloso de ser la primera persona que dijo “mierda” en la televisión británica. Si este acto es para mí, para empezar, quiero que seas la primera persona que diga “Joder!” en un funeral británico.

——————

El resto de la transcripción, gracias a Minino, un lector. Muchísimas gracias :D

El problema es que no puedo hacerlo. Si él estuviera conmigo ahora probablemente tendría el coraje para hacerlo, porque siempre me transmitía su audacia. Pero lo cierto es que me faltan sus huevos, su maravillosa capacidad de desafío. Así que me tendré que contentar con decir “Betty Mardsen…”

Pero hoy habrá espíritus mucho más audaces y desinhibidos que yo. Jones e Idle, Gilliam y Palin. Sólo Dios sabe lo que nos depara la hora siguiente en el nombre de Graham. Pantalones caídos, blasfemos sobre pogos, increíbles demostraciones de pedorretas a alta velocidad, incesto sincronizado. Uno de los cuatro planea meterse por el culo un ocelote muerto y una máquina de escribir Remington de 1922 con el acompañamiento de el segundo movimiento del concierto para chelo de Elgar. Y eso sólo en la primera parte.

Porque, veréis, Gray lo hubiera querido así. De verdad. Cualquier cosa por él, salvo buen gusto descerebrado. Y eso es lo que simpre recordaré de él, además naturalmente de su extravagancia olímpica. Era el príncipe del mal gusto. Le encantaba escandalizar. De hecho, Gray, personificaba y simbolizaba más que nadie que haya conocido todo aquello que era más ofensivo y juvenil de los Monty Python. Y su gusto por impactar a la gente le llevo a logros cada vez mejores. Me gusta pensar que fue una luz pionera qe iluminaba el camino que podían continuar espíritus más ténues.

Algunos recuerdos. Recuerdo escribir el discurso del sepulturero con él: “Muy bien, nos la comeremos, pero si luego te sientes mal, cabamos una tumba y vomitas en ella”. Recuerdo descubrir en 1969, cuando escribíamos cada día en el piso que Connie Booth y yo compartíamos, que había descubierto recientemente el juego de escribir palabras de 4 letras en pequeños cuadraditos de papel, y que sigilosamente iba colocando en puntos estratégicos del piso, haciendo que Connie y yo nos viéramos envueltos en frenéticas búsquedas de papelitos en el último minuto cada vez que esperabamos visitas importantes a casa.

Lo recuerdo en las fiestas de la BBC, arrastrándose a 4 patas y restregándose contra las piernas de ejecutivos vestidos en traje gris, para luego mordisquear las más apetecibles pantorrillas femeninas. De eso también se acuerda la sra. de Eric Morecambe.

Recuerdo cuando lo invitaron a hablar en la sindical de Oxford, y como entró en la cámara vestido de zanahoria -un traje naranja que lo cubría por entero terminado en una brillante ramita verde a modo de sombrero-, y a continuación, cuando llegó su turno de hablar, se negó a hacerlo. Se quedó allí, literalmente mudo, durante 20 minutos, soriendo beatificamente. La única ocasión en la historia del mundo en que un hombre completamente mudo ha conseguido iniciar una revuelta.

Recuerdo a Graham recibiendo un premio de TV de la revista Sun de manos de Reggie Maudling. ¡Quién si no! Y tomar el premio y caerse al suelo, y arrastrándose hasta su mesa, gritando lo más alto que podía. Y si recordáis a Gray, ya sabéis que era de verdad alto.

Es magnífico ¿verdad? Lo curioso de escandalizar… no es que moleste a alguna gente; creo que proporciona a otros un momentaneo gozo liberador, pues nos damos cuenta en ese instante de que las normas sociales que constriñen nuestras vidas no son tan importantes en realidad.

Bien, Gray ya no puede hacer eso por nosotros. Se ha ido. Es un ex-Chapman. Todo lo que nos queda de él son nuestros recuerdos. Pero pasará tiempo antes de que se desvanezcan.

Transcripción en inglés (en negrita, el trozo del vídeo)

Graham Chapman, co-author of the ‘Parrot Sketch,’ is no more.

He has ceased to be, bereft of life, he rests in peace, he has kicked the bucket, hopped the twig, bit the dust, snuffed it, breathed his last, and gone to meet the Great Head of Light Entertainment in the sky.

And I guess that we’re all thinking how sad it is that a man of such talent, such capability and kindness, of such intelligence should now be so suddenly spirited away at the age of only forty-eight, before he’d achieved many of the things of which he was capable, and before he’d had enough fun.

Well, I feel that I should say, “Nonsense. Good riddance to him, the freeloading bastard! I hope he fries. ”

And the reason I think I should say this is, he would never forgive me if I didn’t, if I threw away this glorious opportunity to shock you all on his behalf. Anything for him but mindless good taste. I could hear him whispering in my ear last night as I was writing this:

“Alright, Cleese, you’re very proud of being the first person to ever say ’shit’ on British television. If this service is really for me, just for starters, I want you to be the first person ever at a British memorial service to say ‘fuck’!”

You see, the trouble is, I can’t. If he were here with me now I would probably have the courage, because he always emboldened me. But the truth is, I lack his balls, his splendid defiance. And so I’ll have to content myself instead with saying ‘Betty Mardsen…’

But bolder and less inhibited spirits than me follow today. Jones and Idle, Gilliam and Palin. Heaven knows what the next hour will bring in Graham’s name. Trousers dropping, blasphemers on pogo sticks, spectacular displays of high-speed farting, synchronised incest. One of the four is planning to stuff a dead ocelot and a 1922 Remington typewriter up his own arse to the sound of the second movement of Elgar’s cello concerto. And that’s in the first half.

Because you see, Gray would have wanted it this way. Really. Anything for him but mindless good taste. And that’s what I’ll always remember about him—apart, of course, from his Olympian extravagance. He was the prince of bad taste. He loved to shock. In fact, Gray, more than anyone I knew, embodied and symbolised all that was most offensive and juvenile in Monty Python. And his delight in shocking people led him on to greater and greater feats. I like to think of him as the pioneering beacon that beat the path along which fainter spirits could follow.

Some memories. I remember writing the undertaker speech with him, and him suggesting the punch line, ‘All right, we’ll eat her, but if you feel bad about it afterwards, we’ll dig a grave and you can throw up into it.’ I remember discovering in 1969, when we wrote every day at the flat where Connie Booth and I lived, that he’d recently discovered the game of printing four-letter words on neat little squares of paper, and then quietly placing them at strategic points around our flat, forcing Connie and me into frantic last minute paper chases whenever we were expecting important guests.

I remember him at BBC parties crawling around on all fours, rubbing himself affectionately against the legs of gray-suited executives, and delicately nibbling the more appetizing female calves. Mrs. Eric Morecambe remembers that too.

I remember his being invited to speak at the Oxford union, and entering the chamber dressed as a carrot—a full length orange tapering costume with a large, bright green sprig as a hat—-and then, when his turn came to speak, refusing to do so. He just stood there, literally speechless, for twenty minutes, smiling beatifically. The only time in world history that a totally silent man has succeeded in inciting a riot.

I remember Graham receiving a Sun newspaper TV award from Reggie Maudling. Who else! And taking the trophy falling to the ground and crawling all the way back to his table, screaming loudly, as loudly as he could. And if you remember Gray, that was very loud indeed.

It is magnificent, isn’t it? You see, the thing about shock… is not that it upsets some people, I think; I think that it gives others a momentary joy of liberation, as we realised in that instant that the social rules that constrict our lives so terribly are not actually very important.

Well, Gray can’t do that for us anymore. He’s gone. He is an ex-Chapman. All we have of him now is our memories. But it will be some time before they fade.

El autor: Pietro Occhiata



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