Madrid – El Preso de la Isla Planesia

…en el archipielago de la emetreinta

De mudanzas y libros

Tiene su aquel lo de mudarse de casa. En los últimos tres años me he metido en tres mudanzas y de hecho quizá para el año que viene tenga la cuarta.

Hace un par de meses un planesiano conocido mío dejó su celda de 100m2 para meterse en una celda de estas pequeñitas, más recogidas. Es todo un avance, ya que ahora tarda cerocoma en encontrar las llaves antes de salir. También tiene las típicas ventajas de las celdas pequeñitas: puedes ver la tele desde la ducha, el sofá, la cama, y desde la cocina. Vamos, desde todas partes.

La cosa es que este planesiano tuvo que liquidar todos los libros de su casa, y nos llamó a unos cuantos para que nos quedásemos con todo lo que pudiésemos. Allí estuvimos Dani y yo revisando lo que había.

De estas cosas tontas que se piensan, así a lo bobo, con tanto libro usado entre los que escoger, me quedo con la idea de que todos esos libros que cada uno tenemos en casa son el reflejo de lo que somos. No sólo en los títulos que compramos, sino en cómo están cuidados, las dedicatorias que tienen, los papeles que alguien dejó olvidados marcando el punto de lectura antes de irse a leer, las manchas de grasa en alguna página…

Seguro que la persona a la que pertenecían cada uno de esos libros nunca se imaginó que los tendría en mi mano o que yo leería esas dedicatorias o vería esa quiniela vieja que marcaba el capítulo ocho de algún libro. Al final estos libros tendrán mis propias marcas de grasa y me olvidaré mis propios papeles en cualquiera de ellos.

Libros antiguos

Supongo que algún día alguien se quedará con mis libros, a mí al menos me gustaría.

Música: Lápiz y Tinta, El Último de la Fila

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Vuelos con edreams

Vuelos y hoteles baratos

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Con Dos Fogones

Con Dos Fogones es un restaurante situado en la calle San Bernardino 9, cerca de la plaza de España. Ya antes de vivir por la zona me parecía uno de los mejores restaurantes del condado, porque es uno de los pocos restaurantes en los que no te clavan por la comida. Es decir, buenas raciones y no pagas más de 15 euros. Me parece más que razonable.

El sitio es pequeño, pero si queréis algo muy amplio, tenéis la calle y un sandwich de estos de tobillo. Es decir: hay que reservar, las mesas no son enormes que digamos… etc. Pero no es un sitio ruidoso, y a una persona como yo, que odia los sitios con ruido, es perfecto para cenar/comer. La decoración es muy romántica, con iluminación en semipenumbra.

Con dos fogones

Tienen un menú bastante variado, y también tienen menú del día, por unos 17 euros, con pan y postre (sin bebida)

A lo largo del tiempo que llevo preso en este condado, la verdad es que he ido unas 4 veces a cenar y otras 3 a comer allí, asi que os puedo comentar casi toda la carta :D

Las ensaladas son bastante abundantes, y de hecho conozco gente que podría tomárselas como plato único. Pero no hemos venido aquí para rajarnos ahora.

En los entrantes hay que destacar la lasaña casera, con tres quesos, setas y pesto. Mu rica. El carpaccio también está muy bueno, pero ese sí que no es muy abundante, aunque sí muy sabroso y conseguido.

Lo que es alucinante: los segundos platos. El Satay de Pollo Oriental tiene una salsa muy buena de cacahuetes, con un toque picante (pero muy poco picante, de esos que te dejan el picor cuando llevas ya mucho comido), que es muy sabroso.

Y lo mejor de la casa: Carne argentina. La dueña del local es una española que vivió muchos años en Argentina, y este plato, y algún postre, como el tiramisú y la lasaña de arroz con leche, demuestran que aprendió mucho allá. El plato es enorme (unos 250 grs de carne sin hueso), acompañada de dos patatas asadas (con la piel y todo), y dos salsas: una de chimichurri y otra de roquefort con fresas. Buenísimo todo. Te pasas un buen rato cortando carne, mojando en el chimichurri, luego una patata, al roquefort, y con carne, y luego… se me hace la boca agua.

De postres, la lasaña de arroz con leche, que es simplemente un crêpe doblado y con arroz con leche dentro. Muy rica, de verdad.

Tarjeta de con dos fogones

El 90% de los platos (incluyendo la carne argentina), entra en el menú, que creo que es válida de lunes a jueves. Si no lo pilláis, con una ensalada y dos segundos coméis pero de pleno. Por unos 17-20 euros dependiendo del hambre que tenéis. Yo es que no bebo vino en la comida, así que no me digáis cómo andan de bodega.

Espero que os guste el comienzo. Este es uno de mis primeros posts de sitios donde ir en el condado. Que no todo es ir en los túneles subterráneos.

Ficha: Con 2 Fogones
San Bernardo 9
91 559 63 26
Isla: Plaza España / Noviciado (los ascensores de noviciado, que son los que parten de encima de la línea 10, os dejan a 10 metros de la puerta)
Nota: 8/10

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En el frigo

Están todas las aceitunas negras nerviosas en su lata abierta, intentando asomarse al borde para ver lo que pasa. No dejan de oir ruido, y saben que algo se prepara.

Al final una de ellas, trepando entre el vinagre y aupada sobre sus compañeras, descubre lo que pasa:

El protagonista es el salmón, al que le han descongelado ayer por la noche, y que está desangrándose lentamente sobre un plato. Todos sus compañeros del frigo le envidian, porque hoy será el plato central de la comida… pero él no las tiene todas consigo. Este trozo de salmón recuerda a un compañero suyo, al que descongelaron hace unos días, y que murió desangrado en un plato muy parecido al suyo. El dueño tuvo que salir a trabajar urgentemente, y no pudo cocinarlo a tiempo.

Así que el salmón tiene mucho miedo y no dice ni mú y no dice ni pío, que no quiere que le confundan con sus vecinos del congelador, el filete de ternera y la pechuga de pollo (a pesar de que el congelador mezcla mucho los olores).

A la escarola y a la lechuga lollo rosso las han puesto juntas, aunque no se soportan. La lollo rosso es que viene de una familia pija italiana y la escarola no hace más que echarse ajo por encima. Dice que es el perfume que mejor le va. Una y otra no paran de decirse cosas que harían ponerse rojas a las gambas si no fuese porque están dormidas todas juntas en el congelador, espalda contra pecho.

Los tomates de canarias, que ya vienen rojos de por sí, mantienen una formación perfecta sobre la bandeja del super en la que les pusieron hace días. Son todos iguales, de la misma forma y tamaño. Son los más valientes del frigorífico. Este pelotón de casacas rojas se prestará voluntario a salir en misión de reconocimiento, sin miedo a ser despedazados por los cuchillos afilados del exterior.

Tomates

Junto a ellos están las cebollas. Saben que alguna de ellas caerá hoy en la sartén, pero se sienten muy queridas, porque siempre las cortan llorando.

Y en un lateral está la botella de ron, a la que los kiwis dicen que no hay horno en esta casa, y que se olvide de participar en cualquier postre con bizcocho. Ella no deja de decir que se beberá a sí misma hasta olvidar no sólo eso, sino mucho más.

Por fín se abre la puerta del frigorífico, y uno de los tomates sale a la carrera, mientras que el jefe del pelotón, que tiene una pequeña pegatina ovalada sobre su pecho, grita a sus compañeros de escuadrón: “fuego de cobertura”

Es inutil. Todos los tomates se miran unos a otros y al final uno dice: “nos han quitado a todos los rabillos, mi señor. No podemos hacer nada”.

El tomate jefe asiente con solemnidad, y les dice a su tropa: “descansen”… sabe que la suerte está echada, así que se va a por la lechuga y la escarola, que al verlo llegar se quitan los tallos llenos de tierra y las hojas más feas. Algo les dice que hoy ligarán.

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Cuento friki

Gran noticia!!!
He dejado mi Macintosh aparcado.
Hace ya algún tiempo que las relaciones entre mi colorplus y yo no eran del todo… como decirlo, idóneas…

La verdad es que ha sido difícil terminar de esta manera tan brusca, pero mi mac y yo trataremos de seguir siendo amiguetes, y puede que de vez en cuando le toque un poco las teclas, para recordar los viejos tiempos en los que, siendo todavía un macintosh plus, sin más que una disquetera de baja densidad, me cautivó con monitor integrado monocromo.

Eran tiempos felices, en los que yo me entregaba en cuerpo y alma a ella. Le limpiaba el teclado todos los días, y alimentaba sus ambiciones con más y más programas nuevos.

A veces, al volver del cole, me recibia con su mejor pantalla de bienvenida, esa que sólo mostraba cuando no tenía instalado el startupscreen.bmp. Yo me ponía solo con verla, y acababa instalandole algún programa muy grande, como el Filemaker Pro 2.0, lo cual requería que le metiese y sacase muchas veces el disquete del programa, para que ella pudiese asimilar los datos con calma.

macse002

Nuestro amor mutuo creo que comenzó a enfriarse en las navidades del 93, cuando descubrí a mi hermano jugando al risk con ella.

Eso era lo peor que podría haberme hecho. Podría entender que se liase con cualquier otra persona, pero no con mi hermano , que sólo le gustaban los pc´s, y que incluso se reía de su pantalla.

No le dirigí la palabra en meses, y sólo volví a ella cuando vi lo felices que eran mis amigos con sus ordenadores, escribiéndo poesías y jugando al doom.

Ella me prometió que nunca más jugaría con otro más que conmigo, y yo la creí. No debí hacer eso, porque tan sólo una semana más tarde, tuve que llevarla al concesionario más cercano urgentemente: se había roto su único botón del ratón, y no podía ejecutar ningún programa más que el Multifinder. Siempre he pensado que se lo rompió Fernando, en una discusión en la que la intentó buscar el botón izquierdo, pero… nunca pude demostrarlo.

La reparación fue algo cara, 4.000 pesetas, y estuve a punto de dejarla cuando mis amigos me dijeron que ellos por tan sólo 2000 le ponían todo un ratón nuevo a sus pc´s.

Fue poco después cuando evolucionó, y se transformó en un Macintosh SEII, que era ya un ordenador sin disco duro, pero con doble disquetera de alta densidad.

Nuestras relaciones se hicieron más monótonas, y ya no le metía y sacaba los disquetes, ya no había la magia de saber si la memoria ram aguantaría tanto trajín…

Pasaron los años, y me fuí alejando de ella poco a poco. Ya sólo la usaba de vez en cuando, para escribir algún cuento, alguna carta, jugar al supertetris…

De hecho, desde que empecé la facultad, conocí a muchos otras ordenadores, que tenían la pantalla en color, y con los que podía conocer el mundo a través del programa Gopher.

Sin que lo supiera mi mac, (como yo siempre le llamaba en casa), subía todos los viernes a la sala de ordenadores de mi facultad, y me conectaba con una de aquellas preciosidades, que no dejaban de sorprenderme, sobre todo por lo rápido que se producian errores con ellas. Tenían la costumbre de provocar un volcado de pila cuando menos te lo esperabas, y te obligaban a resetearlas y pasarlas el scandisk suavemente por el lomo.

Un día, al volver a casa, mi Macintosh SEII no estaba. Nadie supo darme razones. Ni siquiera dejó una carta impresa con la imagewriter II. Desapareció, sin más.

Meses más tarde, mi hermano volvió a casa con ella. Se había cambiado el nombre, (ahora se llamaba colorplus), y estaba irreconocible: nuevo teclado extendido, monitor en color… y venía cargada con un disco duro de ochenta megas, que yo siempre he aceptado como mío, a pesar de que no recuerdo haber tocado su placa base sin tomar las precauciones necesarias.

La recibí con los brazos abiertos, y todo volvió a ser como antes. Su impresora murió el año pasado, (era ya muy mayor), y ella me miró horrorizada mientras la desmontaba para sacar su unidad de alimentación antes de tirarla a la basura. Posiblemente debí hacerlo en otro cuarto, pero…

Ayer, escribiendo una carta, me dijo que lo mejor sería que no nos viesemos más, que nuestra relación no llegaría muy lejos. Yo estaba enamorado de un portatil toshiba satellite pro que pasó por aquí de camino a casa de mi hermana, y no podría sacarme de la cabeza su sonido suave, sus bahías intercambiables y aquella forma de sostenerme el cigarrillo con el teclado mientras yo me tomaba el café, intentando configurar su soundblaster.

Yo acepté la realidad, y le dije que me gustaba mucho como ordenador, que su sistema operativo era mucho mejor que los demás, y que nunca me había fallado en los cálculos estadísticos, pero que me gustaría algo menos personal y que me dejara hacer amigos con los que intercambiar programas. Además, en el trabajo, mi pentium no dejaba de hacerme guiños con el odbc, para que consultara sus bases, y estaba hecho un lío.

Mi colorplus (recordaré siempre como el brillaba la pantalla al decirlo), me recordó aquella vez que hicimos juntos el análisis estadístico de la encuesta que hice para investigación de mercados, y me dio a elegir: o el toshiba portatil o ella.

Ahora estoy con un 386 que me ha pasado, un amigo mío, hecho con piezas de varios ordenadores antiguos. En tiempos, su torre era de la familia de ordenadores IBM, aunque todos sabemos que salieron los clónicos y fueron a menos. Está algo anticuada, y no quiere que juegue con ella hasta que le instale un mouse compatible con su puerto ps/2. Le traje un ratón genérico del trabajo, y me dijo que ella no se mezclaba con esa chusma clónica.

Y aquí sigo, esperando que mi hermana se canse de aquél portatil toshiba, y quiera algo más, para poder volver a acariciar aquel teclado, y decirle cosas bonitas a su micrófono.

Vaya, mi 386 se ha puesto celosa y me pide que le pase el panda antivirus. Es un poco tonta, pero entre ella y yo solo hay procesamiento de textos.

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Escribiendo

Estaba escribiendo. Cada cierto tiempo, el ruido del ambientador automático a pilas le indicaba que habían pasado otros 9 minutos. Pero no contaba el número de intervalos entre fff y fff del ambientador, porque esto iba a ser una carrera de fondo. Escribir una novela no sería fácil. No es lo mismo que con un cuento.

En un cuento cada objeto que introduces tiene que tener su sentido. En una novela, no importa más que el destino.

Para ser sincero, nuestro personaje, llamémosle H., daba ya por perdida la batalla de escribir una novela, y tan sólo tenía un párrafo en el ordenador, en el documento delante de él. (Y con tachones y correcciones). Se imaginaba escribiendo mil párrafos estúpidos, y dejaría por algún lado el documento. Un día lo retomaría pero seguro que ya no sabría ni cómo empezar.

Es que siempre tuvo esta ansiedad encima, y cuando compraba lápices, les sacaba punta una y otra vez, confiando en que se acabasen. No era por darle oportunidades a la parte final del lápiz, que de otra manera nunca dejaría huella en el papel. Era porque no tenía paciencia. Los demás no eran así, y él veía cómo sus lápices llegaban a viejos, resistiendo incluso a

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Para no ocupar el banco entero

No os molesta cuando los bancos del parque están ocupados por completo por una sola persona, a pesar de ser al menos de dos plazas?

No habéis dado vueltas y más vueltas buscando un sitio donde apoyar vuestro culo de mal asiento?

Bancos con parquímetro

El conde Gallardo ha encontrado la solución: pongamos divisiones a los bancos y cobremos un diezmo por cada una de las divisiones.

Ahora todo es más fácil. Fijáos por ejemplo en este banco que he encontrado en Isla Pitiriosa, al lado de mi nueva celda. Ahora nadie estará con sus posaderas demasiado tiempo posadas. Ahora todos los bancos tienen tres plazas.

Que nadie se vaya a pensar que esto el Conde Gallardo lo hace por sacar dinero a los ya exprimidos emetreinteños. Esto lo hace para que todos tengamos un trozo de banco donde poner el culo.

Porque los culos son como las opiniones. Todos tenemos uno.

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Hace ya cinco (no, 7) años

Hace más de cinco siete años que dos torres caían en Isla Manipulada, y con ellas acababa el boom de internet.

Fue un once de septiembre. Hace ya más de cinco siete años.

En el momento justo que la segunda torre se derrumbaba, llevándose en su interior la burbuja de las .com y los .net y similares (que es lo que hizo Pop ! al llegar al suelo), en ese preciso momento yo estaba firmando mi primer contrato en una empresa de comercio electrónico e internet, para gestionar afiliados.

Desde luego… nunca fui oportuno

Esta era la mesa en mi primer trabajo

Tu Tienda de sexo

El ordenador estaba abierto, porque un día se quemó el disipador, y tuve que estar con un ventilador encendido en los pies (incluso en invierno), durante 7 meses.

Esta, la del segundo trabajo que tuve en internet

El estudio del diseño de la red

Lo mejor es que se podía fumar, aunque el ordenador era de broma. Si creéis que la impresora era buena, no os engañéis, porque era mía y la traje yo de casa. Murió una semana antes de cambiar a mi tercer trabajo. Debía ser una premonición.

Y esta, mi mesa en el anterior trabajo a ahora…

Tercera

Al menos cuando me tenso, aprieto el pollo por el cuello, se le encienden las mejillas y patalea… eso relaja.

En todos los trabajos dejé buenos amigos, gente con la que compartí risas, malos ratos, tiempos ridículos de entregas al cliente, cursos, caminos hasta casa, alegrías, copas, servidores, dominios, realísticos y bolas chinas. Bueno, esto último lo compartieron ellos con otros y los vendimos a puñaos.

Gente como Jorge, Tino, Cristina, David, Fernando, Kike, Jose Luis, Gonzalo, Emilio, Dani, David el sueco… me dejo muchos.

Muchos.

Gente a la que les podías contar cosas como lo del cliente al que por teléfono configuré su cuenta de correo electrónico:

Periko: – Qué contraseña me has dicho que le pongamos? Rocco? Con dos cés?

- Cliente: Rocco no… Roco, con una sola. Rocco es el actor porno. Roco es mi perro.

Amigo, amigo, amigo, como decía Fernando. Ha merecido la pena.

Nota: Es la enésima vez que rescato este post del olvido, del cual más que el contenido me gusta el comentario de Fernando. Prometo que será la última. Por cierto, hoy hace un año que decidí dejar de despiojar ñús y empezar a despiojar bueyes de kobe. Los piojos son parecidos, todo sea dicho.

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A la partícula de humo

Hay veces que no escribo esto del tirón. Me siento delante del pc y escribo un poco, posiblemente la idea principal del post y unas cuantas ideas secundarias. Luego al rato otro poco. Lo guardo y al cabo de cinco días completo otro párrafo… Voy añadiendo poco a poco elementos en cada post. Engordando los párrafos con contenido.

Y me he dado cuenta que en todos estos momentos, mientras escribía, he tenido un cigarrillo humeando en el cenicero. Uno diferente cada vez, claro.

Las gotas de alquitrán se van pegando a los muebles, a las paredes de esta celda que pronto tendré que abandonar.

Me pregunto qué partícula de humo, de todas las que he fumado, de todas las que fumaré, será la que contenga esa molécula de alquitrán que caerá sobre una de las células de mis cuerdas vocales, o a uno de los alveolos de mis pulmones, y la hará mutar. Me pregunto cuál será esa molécula que hará que esa célula crezca sin límite, y me acabe matando. Me gustaría al menos saber esto.

Tabaco

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El sol anular

Hay días en los que el sol aunque se esconde brilla, y te lo pasas bien mirando por unas gafas negras, helándote de frío, con tus compañeros despiojadores de ñús.

Y tu mente se despeja, y sólo esperas que la luna pase por delante del sol sin llegar a taparlo del todo. Sólo piensas en la luna pasando entre el medio del sol y la tierra. Ni notas realmente el frío que va creciendo ni tu culo helado sobre unas escaleras de piedra. Siendo testigo de un momento que no volverá a repetirse, y te gusta verlo con ellos.

Tomando el sol anular

Y te sientes… bien.

(Posteado originalmente el 6 de octubre de 2005)

Pd (09/04/2007): y a veces la vida es una mierda. Un beso, Claudia.

Pd2: y la vida a veces es la hostia de incomprensible. Gracias por tus dibujos, por tu buen rollo. Por todo. Un beso

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El pequeño altar

El Pequeño altar

Todos los dí­as los acabo -como buen planesiano que soy- en mi pequeño altar, adorando a mi dios, tan querido y tan odiado a la vez. Muchos dí­as recuerdo aquella poesí­a de Catulo, que cuando era estudiante, en Tabarka me aprendí­ de memoria.

Odi et amo. Quare id faciam fortasse requiris. Nescio, sed fieri sentio et excrucior.

Yo tampoco puedo evitar odiar y amar a mi dios de todos los dí­as. Él es quien te da de comer y te pone en contacto con tus amigos. Te aconseja sobre lo que dudas. Te enseña sobre las cosas que no sabes. Él forma parte de tu vida, desde luego.

Rezas porque tu dios no se enfade, porque nadie pise un cable en algún lugar del mundo y se vaya todo al pedo. Rezas porque no se queme la subestación eléctrica que sirve a tu isla y te encuentres ante el altar, rezando a tu dios sin que él esté ahí­ para escucharte porque haya salido a dar una vuelta por el parque.

Odias y amas a tu dios, como en el poema de Catulo, pero ahí estás, todos los días delante de él. Tiene su gracia que hasta hoy no me haya dado cuenta de que esto es un altar, y que todos los días le voy dejando ofrendas.

Le dejo café, eso siempre. Un libro que me recomendó un amigo. Unas gafas nuevas de pasta que ahora me pongo un día sí y otro no. El colirio con antibiótico que utilizo para los días que uso lentillas y se me ponen los ojos como dos rosquillas. Paquetes de tabaco, vacíos y sin estrenar. La película de Babel en edición especial de 2 DVD. Una vela con forma de corazón que me trae buenos recuerdos. Un perro hucha en el que confío mi futuro. Una receta del médico con antihistamínicos. Varios DVDs con fotos y películas. Las llaves…

Todas estas cosas se van quedando ahí delante del altar. Creo que si lo metiésemos todo en una picadora, y lo picásemos todo muy bien picadito, como para puré, seguro que salía un Pietro por algún lado. Desde luego se parecería a mí en lo puré que estoy hecho después de este mes en el que he trabajado como un perro y me ha pasado de todo.

Al menos piensas que el dí­a ha salido bien y las últimas batallas indican que la guerra va bien. Has apagado los fuegos que casi prenden en las torres de tu fortaleza. Has mandado a tus mejores soldados a preparar un texto tan bueno que, tras leerlo a las tropas enemigas haga que una tras otra sus fortalezas se rindan sin lucha ni asedio. Porque dice Sun Tzu que un verdadero maestro de las artes marciales vence a otras fuerzas sin batalla, y tu te lo crees porque te apetece.

Porque hay dí­as que, sentado frente a tu altar y las ofrendas, oyendo en bucle las canciones más tranquilas de los Smashing Pumkings, la música de la melancolía y la infinita tristeza te invade y te sientes realmente… bien.

…and the world is etched upon your heart
and the world so hard to understand
is the world your can’t live without
and i knew the silence of the world

Me voy a la cama. Por fin estoy de vacaciones. Ya era hora.

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El cuento que quiso ser poesía

Tengo un cuento que quiso ser poesía.

Quería rimar, ajustarse a una métrica.

A un ancho de línea.

Quería cambiar sus párrafos por versos.

Soñaba con ser leído con calma, memorizado.

(¿Nadie memoriza un cuento, no?)

Soñó con alguien recitando sus sílabas al oído de otra persona…

Por esto, recortó sus párrafos.

Adelgazó todos los días una letra, una sílaba.

De aquí quitaba un verbo, otro día, el complemento indirecto…

Al final, descubrio que no podría ser poesía.

Que tan sólo sería un cuento.

Este cuento

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Saint Pierre et Miquelon

Sin acento. Porque si lo pusiese con acento sería miguelón. O mikelon (también sin acento).

Bandera de este sitio

Saint Pierre et Miquelon es una isla de estas raras que existe por el mundo, y que nadie conoce, salvo por una de esas casualidades raras que hace que te cruces con ella en la vida. En mi caso fue un dominio, ya que tiene un rango de ips propias para un dominio, el .pm. (muy útil para direcciones tipo: verelfutbolconlosamigosestade.pm)

Esta isla de 242 km2 y escasos 7.000 habitantes, se sitúa junto a la costa de Canadá, y su población tiene origen… vasco ! Bueno, vasco-francés. Los principales colonizadores fueron pescadores de San Juan de Luz, y por esto el que tenga una ikurriña en su bandera (bandera no oficial, ya que su bandera oficial es francesa).

El territorio legalmente pertenece a francia, como una colectividad territorial, y aunque no sea parte real de Francia sus habitantes se sienten franceses a tope. Incluso parte del suelo de la isla fue traido desde francia en barcos.

Lo sorprendente es que allí juegan al soga-tira y a la pelota vasca

Fotos de la isla, de un turista, en las que se ven los frontones y la soga-tira.

Frontón en miquelon, la frase dice zazpiak bat los siete en uno

Y esta foto está en su web de turismo. En la foto vemos un frontón que pone: “Zazpiak Bat”. Zazpiak Bat se traduce literalmente como los sietes uno. Esto hace alusión a los territorios históricos vascos (que son siete), son uno sólo (euskadi).

Qué, flipáis, amiguetes, ehhhh? pues esto, al lado de terranova. Increible, pero cierto.

Y de qué vive? entre otras cosas, aparte de lo mucho que aporta Francia, vive, como todas las islas / estado tan pequeñas como esta, de los sellos.

La isla también ha tenido una peli cuya acción ocurre en esta isla: La viuda de saint pierre, intepretada por juliette binoche (que supongo que será otra de esas pelis francesas en las que gesticulan mucho)

Como véis, los españoles, dejando huella.

Y más información, en wikipedia, por ejemplo

Actualizado: un usuario de meneame.net me hace ver esto también:
“No es la única, en la costa atlántica canadiense y debido a que los vascos iban a pescar a Terranova hay un gran interés por lo vasco. Ejemplo: Parque de la Aventura Vasca: www.paba.qc.ca/paba/index.html
Más lugares: www.muturzikin.com/euskalgary3.htm

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La maniobra kookaburra

Érase una vez, cuando era pequeño, dos de mis hermanos me regalaron un boomerang. Uno de madera, tan grande como mi antebrazo. No sé si conocéis cómo funciona un boomerang: se tira contra el viento, y el boomerang gira y gira hasta que o tropieza contra algo o vuelve a tu mano.

Así que mi padre, tras ver el invento me dijo: Pietro, esto hay que probarlo, vayamos al campo y lo lanzamos

Dicho y hecho. Nos montamos los dos en su lancha de remos personal y nos fuimos al campo. Allí saqué las instrucciones que venían con el boomerang.

Estas instrucciones definían 7 tipos distintos de tiro, desde el primero que hacía volver el boomerang tras describir un círculo perfecto… hasta la maniobra Kookaburra. Esta hacía girar el boomerang dos veces en el cielo, cruzándose las trayectorias de ambos giros… y el bóomerang terminaba en las manos del lanzador.

aún guardo las instrucciones

Así que me puse cara al viento, y le pregunté a mi padre: cuál hago? la maniobra kookaburra me gusta.

“Primero lánzalo, y que llegue a tu mano. Cuando hayas conseguido eso prueba las otras”.

Perfecto, intentaría eso primero. Así que lancé el bóomerang, y… fue directamente al suelo. Pero sin girar sobre sí mismo ni nada. Al suelo. Pensé: qué estoy haciendo mal? Leí las instrucciones, y ahí todo parecía sencillo: coger el boomerang por la punta, tirarlo…

Lo lancé una segunda vez, y no fue al suelo, pero tampoco giró… se limitó a ir en línea recta hasta caer 100 metros más allá.

Después de este segundo lanzamiento hubo un tercero, un cuarto, un quinto…

Volvimos a la semana siguiente, y a la siguiente, y a la siguiente… estuvimos yendo tres años seguidos a tirar el boomerang. Aquello nos divertía. Tenía su gracia ver como aquél instrumento cabrón se nos resistía. A veces tiraba mi padre, a veces yo… hasta que un día, el boomerang hizo un vuelo raro (muy alejado de lo que era la maniobra kookaburra), y cayó al suelo desde 30 metros de altura. Se resquebrajó y me dió pena volverlo a tirar, por si se partía del todo.

Recuerdo perfectamente aquel día. No dijimos nada ninguno de los dos en el viaje de vuelta a casa, pero a pesar de no haber conseguido que volviese ni una sola vez a mi mano (miento, una vez volvió con tanta velocidad que casi me abre la cara, menos mal que me agaché a tiempo), estabamos contentos por haberlo intentado.

Así que desde entonces, cuando me planteo hacer algo difícil, primero pienso en si he hecho todo lo fácil que se puede hacer antes. Recuerdo el consejo de mi padre, y hago las maniobras Kookaburras cuando estoy preparado para hacerlas.

Y a eso vamos. Va por tí.

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Qué me está contando usted

El viernes pasado, fui a ver al otorrino. La gente me pedía por favor que fuera porque decían que estoy sordo. Me decían: vete al otorrino, Pietro. Y yo les decía: ¿que?

Así que el viernes pasado, aproximadamente a las 8,46 de la mañana (porque ya se sabe que las horas de consulta son aproximadas, no exactas), me hicieron una audiometría. Es decir, exactamente a las 11.17 de la mañana me metieron en una cabina aislada, con unos auriculares en las orejas, mientras una asistente del médico apretaba botones y yo oía ruiditos en los oidos.

En mi mano tenía un botón en forma de pera, como los de lámpara antígua, o como los de los bombarderos japoneses de la segunda guerra mundial que yo debía pulsar cada vez que comenzase a oir tal pitidito.

Recopilando: las 12 y 30 pasadas de la mañana y yo en la cabina de bombardero dispuesto a disparar mi ametralladora cada vez que oyese un motor de cualquier avión enemigo.

Comenzamos muy bien, aunque a eso de la mitad la asistente del médico me dijo:
Oyes el martilleo de las obras que hay al lado?”
Perfectamente“, dije yo, pensando que era parte de la prueba, y aterrado por la idea de que si no las oía tuviese que usar un audífono de esos que oyes hasta los alfileres cayendo en el cenicero. Las oigo perfectamente“- le dije mientras apretaba una y otra vez el botón de disparo. Si hubiese sido Pearl Harbour, no se salvaba ni uno.

Siguió la prueba, pasando del oido derecho al oído izquierdo. Cuando faltaban unos cuantos pitidos para el final, la asistente volvió a interrumpir la prueba para tomar una papelera metálica y golpear a su vez la pared por el lado del hospital. Por cada golpe de la obra, uno de papelera metálica y un click en el botón de disparo




Tras el fin de la prueba, fuimos asistente y yo al despacho del médico. Ambos se sentaron juntos delante de mi. Al instante se levantaron y se fueron a tomar algo, que ya eran las dos y media de la tarde.

Regresaron a eso de las cuatro y media, oliendo claramente a vino. Especialmente la ayudante del médico, que cada cierto rato hipaba. Yo por mi parte echaba en falta el botón de disparo de la cabina de audiometría, así que con cada ruido de la ayudante le metía en el dedo en el ojo al otorrino que no se quejaba para nada de aquello.

Tiene usted una pérdida del 10% de audición
Qué?”
Que tiene usted una pérdida del 10% de audición

Vaya, pensé… eso significa que el 10% de todas las conversaciones me las pierdo. Al menos oiré un 10% inferior de gilipolleces en mi vida. Pero claro, no sabré identificar qué son gilipolleces y qué no… y me repetirán dos veces la misma gilipollez o el mismo chiste malo… ¿Y si lo que dejo de oir es el 10% de las cosas que realmente merecen la pena? Y si resulta que el 10% de las palabras es lo que no oigo?

¿Pietro?” dijo el médico
¿Qué?
Primero: aterrice. Segundo: no es grave un 10% de pérdida. Simplemente es que usted no presta atención a lo que le dicen
Entienda, Sr. Otorrino, que oigo muchas paridas a lo largo de mi jornada laboral

¿A qué se dedica usted?

Les expliqué a qué me dedicaba, y ambos, doctor y asistente asintieron comprendiendo la gravedad del caso.

Incluso un obrero que había conseguido taladrar la pared de la consulta y estaba allí parado viendo el reality show mientras se tomaba un bocata de tortilla que había sacado de su casco también asentía, circunspecto. Harto circunspecto.

El médico me dijo: vamos a demostrárselo, sientese en aquella silla del fondo, a nuestra izquierda

Lo hice.

Tapese el oido derecho con un dedo y repita lo que vayamos diciendo:

Gato
Gato
Perro
Perro
Betún
Betún
Jazmín
Jazmín

¿Lo ve usted?“, dijo el otorrino. “Es que no presta atención alguna“. Esto lo dijo a gritos, y con tono muy enfadado, así que tanto el obrero como yo como la vecina del final de la calle le entendimos perfectamente. De hecho el obrero se asustó un poco, pero se tranquilizó enseguida en cuanto la ayudante le dio una copita de algo que tenía por ahí suelto, no sin antes servirse ella una.

Lo veo doctor, lo veo” dije yo, aunque por ningún lado veía algo especial, ni entendía qué influencia tiene la vista sobre el oído. Supongo que alguna, porque dicen que los ciegos oyen pero que muy bien.

Así que abandoné la consulta todo feliz por el agujero de la pared (salga usted por aquí, que llegará antes), esquivando a la ayudante, que dormía la mona en el suelo, abrazada a una manta de hospital, y feliz de ser un despistado en este mundo, no sin antes pedirle al doctor que me firmase un justificante, que ya eran las siete de la tarde (pasadas) y en el trabajo me iban a decir algo.

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