Cada mañana seguÃa el mismo camino al trabajo, pasaba por plaza Galicia y se adentraba en el casco antiguo hasta la plaza del Obradoiro, desde allà todo recto hasta llegar al campus donde ordenaba papeles, notas, gotas resbalando por la ventana de color gris cielo. Pasaba por allà como quien sueña con un viaje, sin pensar en lo que hacÃa, con la nube continua de su sonrisa perdida en las calles.
Y en las calles retumbaban los gritos de los locos,
vacÃos de sol, de palabras, de caricias verdaderas,
y en esas calles en las que terminaban las ilusiones de otros,
se perdÃan sus razones dÃa tras dÃa.
Rutina, aguardiente, mujeres extranjeras, bocados de surrealismo, cómo ser indÃgena allá donde sólo llegan peregrinos, cómo no perderse allà donde todo es un encuentro, cómo pensar que puede existir un camino más allá del destino encontrado tras dÃas largos de largos pasos.
Una mañana desistió, y se quedó tumbado en la mañana, a los pies de la catedral, llenándose de frÃo, con la cartera llena de papeles inútiles, los zapatos limpios y la camisa recién planchada, y la plaza le lloró encima todas las penas que habÃa dejado, dÃa tras dÃa, solas entre las ilusiones y alegrÃas de los peregrinos. Empapado levantó la cabeza y pudo ver como unos niños se divertÃan sobre el agua de sus penas, chapoteaban sobre unos charcos que no eran suyos, sobre unos charcos ajenos.