Todo estaba en la penumbra. Un solitario rayo de luz se habÃa escabullido entre las cortinas, en su haz se podÃan apreciar pequeñas partÃculas de polvo suspensas en el aire. La luz era tenue pero iba adquiriendo fuerza poco a poco. La luminosidad empezaba a lentamente inundar la habitación, y el haz se acercaba inexorablemente hacia mi.
¿Que hora será? Saber la hora no es tarea fácil. El único reloj que tengo no es luminoso. Fue una decisión difÃcil, pero necesaria. El anterior despertador era digital y fosforescente, hubo noches enteras en las que vi pasar minuto a minuto el tiempo. El único punto de luz en la habitación, un recordatorio tan constante que no me dejaba dormir. Asà que compre un pequeño reloj de mesa. Compacto y resistente, no vaya a ser que lo golpee en la oscuridad. No tiene ninguna luz añadida, ni ninguna fosforescencia. Es perfecto. Pero inútil en momentos como este.
Quien hubiese diseñado esta habitación, no lo habÃa hecho para un dormitorio. Eso esta claro. El interruptor de la luz esta al lado de la puerta. Que no es mala idea, si no fuese porque la cama esta en el punto mas alejado de la puerta. A estas alturas ya he desarrollado un sexto sentido para andar en la oscuridad entre el interruptor y la cama. Este sexto sentido es el dolor. Después de tropezar con sillas, mesas al tiempo que esquivar la ropa, los libros, y demás obstáculos que traicioneramente me esperan en el suelo, uno aprende a evitar las zonas dolorosas como por intuición.
Pero ese dÃa no tenÃa ganas de utilizar el sexto sentido. PreferÃa estar en la cama. No es que fuese demasiado cómoda. El colchón no era ni duro ni blando. Y las sabanas, bueno las sabanas las tendrÃa que haber cambiado hace tiempo (intuición reforzada por mi nuevo sentido), pues ya empezaban a raspar. No, no se estaba muy cómodo. Es mas, ya no sabia en que posición ponerme, de lado, boca arriba, boca abajo, posición fetal.
Claramente la comodidad no era lo que me impedÃa levantarme. Mas bien es ese punto de la vigilia, en el que uno quiere dormir y no puede, en el que uno tiene miedo de abrir los ojos no vaya a ser que no los pueda volver a cerrar y mira a su alrededor con los ojos entrecerrados. ¿Pero que hora será?
El haz se habÃa acercado un poco mas hacia mi. Mas y más luz entraba por la rendija y ahora se podÃa discernir, con los ojos entrecerrados, el espacio alrededor. El haz de luz cortaba limpiamente la oscuridad, cayendo directamente en el suelo de madera. Bueno, mas bien en los pantalones vaqueros que deje tirados hace dos dÃas.
DebÃa de ser media mañana, con tanta luz. Ya empezaba a recortarse en la penumbra la mesita con cierta claridad. Ahà estaba mi fiel compañero: el reloj. Pero no habÃa suficiente luz. HabÃa que tomar medidas drásticas…