Estamos en una continua e inevitable metamorfosis, todo lo que puedo ser antes de comenzar a escribir estas lineas puede ser cambiar al terminarlas. Porque somos cambios, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.
Lo peor de todo es que muchas veces confundimos la monotonÃa o la quietud con un estado deseable, y nos ponemos nerviosos cuando vemos que somos incapaces de conseguir que las cosas sean como esperamos y se mantengan de esa manera para siempre.
No hay nada malo en estar en un cambio continuo, nuestro único problema nace cuando somos incapaces de asumirlo.
Deja de pensar que los demás esperan tanto de ti, sientate de una manera que no te destroze la espalda, tararea una canción en alto para que todos sepan que estás ahi, que no te importa cantar en público, mira a tu alrededor, la gente se extraña.
Pero qué más da, la gente se extraña porque hoy en dÃa mostrarte respirando no es normal, hay que estar agobiado, tienes que tener piedrecitas en los zapatos para ser normal, todo es trascendente, y no, todo no es trascendente.
Para mà son trascendentes cada vez menos cosas, las miradas de los que no me entienden, no me conocen, no me quieren conocer o entender; los juicios de los que se apuntan a bombardeos; las ganas de los demás de arreglar mi barco, mientras el suyo hace aguas. Me cansan, y por eso me tomo un respiro.
Y me quito los zapatos para dejar caer las piedrecitas, y me fijo, la gente se extraña. Quizás (no lo sé, pero quizás) piensan que qué trato de demostrar caminando sin nada que me haga daño.
Llegar a un bar cualquiera y pedirse cualquier cosa, y mirar. Ver gente que pasa y poder pensar en historias más o menos bellas. Eso me falta.
Reir a discreción, ir a los sitios corriendo, escuchar música, sentir que hay un sitio, o dos, o tres, para mà y los mÃos. Eso lo estoy recuperando. Son jornadas de calma, de trabajo, de redescubrirme y comenzar a escribir de nuevo.
Y perder la necesidad de escribir sobre uno mismo, sobre los demás que están cerca, sobre lo que pasa. Escribir para crear, como cuando era capaz de sentarme, y mirar, y pensar en historias, más o menos bellas.