El ser humano es curioso por naturaleza. Basta que una puerta esté entreabierta para que inevitablemente arqueemos las cejas y tratemos de ver qué pasa dentro. A todos nos ha pasado alguna vez que hemos sido descubiertos en esa actitud, y un tanto por ciento alto de nosotros ha disimulado como si estuvieramos mirando la calidad del marco de la puerta. Unos golpecitos y “madera de pino, ya no se hacen puertas como estas”. Si bien no son situaciones excesivamente molestas, existen algunas otras en las que el ser humano comete el error de continuar con su insolente actitud, pero como si fuera lo más normal del mundo. Asà en algunos casos puede que intentemos entablar una conversación con la persona que se encuentra dentro de la habitación de la puerta entreabierta.
- ¡¡Buenos dÃas!!
- …
SÃ, lo más normal es que la otra persona permanezca impasible pensando “vaya, se ha dado cuenta de que le he pillado fisgando, voy a pasar de él a ver si no me la da parda, que tengo cosas que hacer”. Nosotros entendemos perfectamente este lenguaje corporal y procedemos a continuar con nuestra recién comenzada sarta de preguntas sin respuesta.
- ¿No está Pepe por aqu�.
La cara del que está en la habitación se quiebra, “vaya por Dios, va a insistir, yo no soy Pepe y aquà dentro no hay nadie más”. SÃ, preguntamos si hay alguien dentro de una habitación en la que hemos mirado, única y exclusivamente por hablar, esa pregunta no tiene respuesta. La persona tiende a mirar hacia todos los lados en la habitación, tratando de encontrar a Pepe que quizás se ha escondido debajo de una silla.
- Qué majo que es Pepe, ¿verdad?.
“Maldición” piensa nuestra vÃctima, “que yo no conozco a Pepe, si tenÃa que haber cerrado la puerta, para que nadie mirara, si es que me lo he buscado”. Ahora es cuando comienza la maniobra de salvamento inútil de la persona de la habitación, tendrá el valor de contestarnos.
- “Yo es que no conozco a Pepe”
Ole, ole y ole. Prosigamos
- ¡¡¿PERO COMO ES QUE NO CONOCES A PEPE?!!
Continuará…