Hay dÃas que se hace imposible tirar la basura. Sobre todo para Jaime.
Deposite usted la basura en el contenedor entre las 9 y las 10. Nunca (o casi nunca) Jaime estaba a esas horas en casa, y le era imposible (o casi imposible) tirar la basura.
Que no le entendáis mal, a Jaime le hubiese encantado tirar la basura a esa hora. Incluso estar una hora o dos (o cinco) antes en casa, para estar con la basura bien atadita por arriba y preparado para sacarla al contenedor de la calle.
El poder tirar la basura a la hora significarÃa que se encontraba en casa a esa hora (hora normal), y que podrÃa estar tirado en la cama, leyendo (aunque nunca fue de mucho leer), o haciendo rebotar una pelota de espuma por la habitación (si tuviese tal pelota), o dando de comer a los peces (si tuviese acuario).
Y eso hubiese significado que el 2 de agosto de 2006 no estarÃa viendo a una fila de hormigas que trepaba desde el patio de su casa por la pared, formaditas cual desfile militar en dos carriles: uno de hormigas que venÃan y otro de hormigas que se iban, llevando a sus espaldas todo lo orgánico que contenÃa su bolsa.
Pero el dos de agosto de 2006 Jaime estaba tumbado en su sofá cama, viendo desfilar a las hormigas. Dejándolas tranquilas, sin intentar putearlas y romper sus filas marciales con ataques aéreos indiscriminados de KH7 (el spray insecticida hacÃa tiempo que se acabó).
Las dejaba marchar tranquilas porque al fin y al cabo ellas hacÃan una labor de separación de basuras que Jaime nunca hacÃa, y porque sabÃa que era culpa suya:
Él era quien habÃa dejado las ventanas abiertas al patio y la basura en medio de la habitación.
Al menos los ladrones podÃan haberse molestado en tirar la bolsa de basura. Eso y el sofá cama era lo único que habÃan dejado atrás…
(continuará)
Imaginó que podÃa ver las cosas, que quieto allà entre las palomas y los niños podÃa distinguir los colores, las sonrisas, determinar si el cielo era el más azul que habÃa.
Imaginó que podÃa escuchar sonidos, que las risas y las regañinas de los novios se mezclaban con la brisa entre los árboles. Que la música de aquel chaval que arañaba una guitarra era bella. Que le llegaban los susurros de los amantes al terminar la tarde.
Imaginó que podÃa oler, el aroma de la chica que se mantenÃa sola y con la mirada perdida en el banco que habÃa enfrente de él. La mezcla de su pelo con el viento que se levantaba como queriendo acercar desesperadamente su olor antes de que se perdiera por el camino.
Y pensó en hablarla,en decirla que pensaba que era lo más bello, que compartir su risa serÃa para él todo, que levantarse cada mañana con ella al lado podrÃa ser una fiesta diaria. O simplemente en quedarse callado a su lado, pero con un silencio que fuera el grito contenido de la alegrÃa de saberla pendiente de sus palabras.
Y saboreó sus besos, aquellos que le darÃa al reencontrarse, cada noche al volver a casa, si pudiera hacer algo más que estar allÃ, con la mirada desafiante, quieto, inmóvil.
Pero nada cambió y tuvo que volver a ser inerte, y pensó que era una pena que nadie se fijara en ella, y que hubiera tanta gente frente a él que actuaran como estatuas.
Definitivamente pasar una semana con Pedro del Bosque ha sido algo insufrible, definitivamente sus letras pueden ser adorables, pero su compañÃa insoportable. Definitivamente vuelvo, para cumplir sueños, para contar historias, para dibujar palabras en vuestras mentes.
Es necesario avanzar siempre, sea en el sentido que sea.
He recibido una invitación de Pedro, me ha pedido que no os la transcriba, pero no me ha prohibido hablar de ella. Pedro ha sabido de mà personalmente durante estos últimos años como yo he sabido de él. Y con las últimas noticias que ha recibido de mi persona, ha decidido proponerme un viaje.
Pedro y yo nos vamos para comenzar a escribir en otros lugares, alejados de la vorágine de la red, de los curiosos, de las miradas furtivas, lejos.
Sà que me comenta Pedro, que los Jueves Amarillos de momento se mantendrán cerrados, que siente haber dado esperanzas a los amigos y amigas que se han desvivido porque vuelva, que algún dÃa, con algo de suerte, volverá a dar señales, pero se acabó este espacio de encuentro en la red.
Si veis a dos personajes perdidos por las calles de vuestra ciudad, andando mirando al cielo, con las manos en los bolsillos, tranquilos, puede que seamos nosotros.
Gracias a todos los avocados y hasta siempre.
Cuando ves que las cosas estuvieron a punto de explotar, que todo estuvo perdido por un segundo y que al final, fuera como fuera, todo salio bien; es cuando descubres que es más importante la paciencia de lo que muchas personas piensan.