31 January, 2006
Enviada por el propio Pedro del Bosque, desde Tenerife.
“Parece que nadie encuentra mis cartas, parece que al final el viento se lleva todas las palabras, parece que no somos nada más y nada menos que algo que pasa por este mundo, parece que debiera cansarme de ser un cuentista.
Desde donde te escribo no se pueden ver más cosas que la tierra y el agua, el terreno volcánico parece labrado por el viento que tantas historias me ha susurrado. Se me ha ocurrido que dejando a un lado la fÃsica y la lógica (esas aguafiestas), puede que existan más explicaciones sobre por qué el viento erosiona lugares tan bellos como estos.
No sé, te imaginas que todas las palabras que se quedan en el aire son las que chocan contra la tierra y crean estos surcos tan bellos. Imagina que tus sueños se han mezclado con mis desvelos y han formado esta grieta tan profunda en la base de esta montaña. Según vuelvas del trabajo, deja tu vista en el suelo un instante, y piensa que quizás ese barro agrietado que pisas no sea más que el amasijo de todos los encuentros, despedidas, versos, gritos, pensamientos, que se lleva el viento.
Si es asà no dudes que aquÃ, en las faldas del Teide, puedo estar escuchando cada una de las cartas que nadie te manda, y los pensamientos que esta carta genera en todos los que la leeran, y en ti.”
Vaya con Pedro, parece que se ha decidido a volver. Si encontrais alguna de sus cartas, en cualquir banco, no dudéis en mandarla a oskar@islaplanesia.com
23 January, 2006
Pasan los dÃas y pasan tantas, tantas sonrisas;
quedan algunas palabras sobre los capós de los coches,
quedan por supuesto las ganas de tomarse un café solo,
y las de los cafés cortados a medias entre mis ideas y tus silencios.
Y quedo yo,
que me pierdo por las calles de mis pensamientos,
que evito reencontrarme con los mismos pasos muertos,
que me afano por decirte sin palabras que no puedo,
reventarme el corazón sin soñar despierto
Y cuando veas que mis sueños son mi sonrisa,
y tu sonrisa sea verme llorar al pensar lo que me ha costado,
confÃa en mà y sigue luciendo,
que será entonces cuando no importen los plazos de amortización de nuestros sueños,
que será entonces cuando no tengamos que pedir más cartas con miedo a pasarnos de estas siete y media,
Luce que seguiré siendo el mismo.
cuando ya no importen los caminos, los senderos, la marea.
20 January, 2006
Él cerró los ojos, y sintió como el aire frÃo entraba y salÃa de su cuerpo en cada suspiro, y sus manos parecÃan más torpes por momentos. Escuchó las olas, ajenas a cada momento, a cada escalofrÃo, a cada recuerdo cortante. En la boca un sabor metálico pero no del todo desagradable, el sabor de un lugar desconocido. Sintió su cuello relajarse por momentos, y como una corriente de agua caliente sus brazos se derramaron y sus pies se deslizaron por la arena. Cayó allà tendido, y pudo distinguir a lo lejos a las gaviotas, buscando qué comer en el acantilado. Se dio la vuelta y sintió en su cara los granos de playa abrazados a su cuerpo, y dejó por un momento de sentir que era alguien, para pasar a ser un recipiente de sensaciones perdidas por otros.
Después de todo, pensó, no somos más que una caja de Pandora en la que las sensaciones pugnan por salir para no tener pensamientos de melancolÃa. El mar comenzó a lamerle las puntas de los pies, pero no quiso moverse de allÃ. Quiso quedarse por siempre unido a ese sentimiento pleno de existencia de la vida por encima de los sentidos.
Dicen que se quedó allà por siempre, que está en el lÃmite de tiempo que hay entre un segundo y otro. Dicen que cuando vas a la playa y tomas una caracola sus suspiros se confunden con las olas del mar. Dicen que siempre está, y que si te quedas allà quieto, podrás compartir con él un minuto, un segundo, un momento de tu vida pendiendo de un hilo.
17 January, 2006
Enviada por Estrella, encontrada en Soria, en uno de los bancos del Parque de la Alameda.
“Hoy voy a hablar de los jueves amarillos, de las razones que tuve para fijarme en esos espacios de tiempo. Cada persona encuentra escalofrÃos en su espalda con diferentes razones, a mà siempre me parecieron importantes las cosas más simples.
Cuando era niño, y las cosas eran sólo canoas a la deriva del rÃo, me imaginaba que al dormir simplemente pasaba a otro mundo en el que no era importante lo que hiciera, en el que podÃa hacer lo que se me ocurriera porque al despertar todo seguirÃa en su sitio. Es fácil vivir en un mundo asÃ. Recuerdo que en mis despertares solÃa haber una sonrisa inocente, y que al escuchar el sonido del microondas calentando la leche para el desayuno se disipaba, y era de nuevo el Pedro real.
Hace algunos meses creé los jueves amarillos, espacios de tiempo que me recordaban esa sensación onÃrica, en la que no importaba lo que pasara porque al dejar mis historias volando por el mundo de las cajas de compartir pensamientos todo seguÃa igual.
Los jueves amarillos me permitÃan fijarme en esa pareja que pasea por el parque, como éste de la Alameda, y detectar que ella se adelanta y corre mientras él la observa con la sonrisa del que ha encontrado a quién seguir. Pensar que ella tiene preparada una sorpresa en la cena de su aniversario, y que él es un desastre pero dejarÃa todo por borrar cada una de sus lágrimas. Desde este banco puedo ver que esas historias no existen sólo en mis sueños.
Por eso he decidido que no tienen porqué ser sueños imposibles, y voy a buscar las historias reales que determinen que no sólo los en los sueños hay razones para sentirse pleno.
Los jueves amarillos son pequeñas historias de los demás, colores tendidos a los ojos de todos que sólo unos pocos detectan. Los jueves amarillos son los reflejos de vuestras vidas en mi alma.”
LeÃda y transcrita escuchando “Una corazonada” de Alejandro MartÃnez por recomendación de Pedro del Bosque en su postdata. Podéis continuar mandando las postales que encontréis de Pedro a oskar@islaplanesia.com y acompañarlas de una foto del banco donde las encontrasteis.
16 January, 2006
“Hola Oskar, este fin de semana estuve en un lugar de esos que tanto te gustan, en los que además de tomar café (ultimamente necesito mucho) te permiten consultar las cajas para compartir pensamientos (tú las llamas ordenadores). QuerÃa decirte que me he decidido a salir de la ciudad por una temporada, que a partir de ahora dejaré de vez en cuando postales perdidas por las ciudades que visite y que espero que te lleguen. Como siempre andaré de banco en banco. Hasta Pronto”.
Hoy me he encontrado con esto en mi mail, Pedro parece estar bien, si encontrais cualquier postal suya, allá donde esté, os agradecerÃa que me la mandarais, iré publicándolas según vayan llegando.
Escuchando “Humano” de Luis Ramiro, por recomendación en la postdata de Pedro
Mandad las postales de Pedro del Bosque a oskar@islaplanesia.com
13 January, 2006
Estaba sentado bajo el banco de siempre, con la mirada perdida entre las copas de los árboles de la plaza. Se notaba que hacÃa tiempo que no estaba allÃ, parecÃa cansado pero encontré un atisbo de sonrisa cuando me vio pasar, y sonrió. No me atrevà a hablarle, pero no me resistà a ir al bar en el que estaba recluido. El camarero me contó que simplemente dijo “Ya basta”, y se marchó. “Llevaba aquà mucho tiempo viviendo del alcohol y del humo, sin hablar con nadie, con la mirada perdida”, me narró mientras ponÃa los cortaditos y los cruasanes. No tuve tiempo de preguntarle nada más, porque a esas horas las oficinas se vacÃa de fumadores presas del mono. Me tomé mi café sólo y salà de allÃ.
Ya no estaba allÃ, el banco vacÃo con una hoja de papel dada la vuelta. Un señor que se sentaba y reparó en ella la tomó en sus manos y al leerla sonrió. La guardó en su bolsillo y quedó mirando la copa de los árboles de la plaza.
Tampoco me atrevà a preguntarle al anciano, llegaba ya tarde al trabajo. Y ahora no sé dónde anda, en su casa no está porque, le llamé y nadie contestó, hace ya varios dÃas que no recibo sus cartas. Puede que esté en cualquier lugar, que se cruce con vosotros, y que os sonrÃa.
Si encontrais algún papel en un banco no dudeis en tomarlo y leerlo. Si teneis a bien mandármelo para saber que está bien os estarÃa esternamente agradecido. Se llama Pedro del Bosque, y ya no está sentado en la barra del bar que nunca permitió que desvelara.